Mostrando entradas con la etiqueta Texto corto. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Texto corto. Mostrar todas las entradas

sábado, 7 de febrero de 2015

AGONÍA INTERMINABLE


AGONÍA INTERMINABLE



A mi amigo Joan Sala Fusté, a modo de recompensa por la paciencia que mostró cuando, en los días festivos de nuestro común periodo en LA MILI, escuchaba sin rechistar tramos del galimatías que fue siempre mi mente.



El cielo está entelarañado,
Quién lo desentelarañará,
El desentelarañador que lo desentelarañe,
Buen desentelarañador será.
Juego verbal de mi infancia.
Lo primero que recuerdo quizá fuera un terreno o parterre cercado por una randa metálica o conejera; el sol debía alcanzar su cenit puesto que no se extendían sombras, los propios árboles y arbustos las guardaban celosamente en su seno… O, acaso, una franja extendida junto a una tapia encalada, encantada... y bajo una hilera de higueras donde podía con frecuencia verme a mí mismo saltar a brincos cortos bajo ésta única sombra, alargada y estampada a manchas ígneas que quemaban, que dañaban… como si éstas titilasen y que, con sólo rozarlas, tentarlas, me provocaran lo que en lenguaje ordinario respondería tal que a un planchazo y, así, hasta alcanzar la cancela donde a diario esperaba impaciente mi vecina: una vieja y famosa actriz (en su tiempo de esplendor) con cara de niña y de tez turgente y acerada como uva madura, mielada… Tras la verja y desde lejos ya se le apreciaba una vestimenta, típica en ella, aunque hoy aún más vaporosa y floreada que en días anteriores, o desde la primavera hasta bien pasado el otoño. De regreso a casa, pareciese que nos hubiésemos enveredado por un camino diferente, pues ahora nos bañaba un sol de justicia, en ascuas. Pero no fue suficiente para que, escrutándola, percibiera y apreciase los abalorios en extremo ostentosos, llamativos… y aún el rouge escarlata de sus labios; sobre la cabeza, un pañuelo azul celeste estampado con espejuelos, cristales y lentejuelas de colores… y típico en la postura del tocado al de aquellas ragachas que en los sesenta lucían sobre todo las romanas que iban de paquete tras gallardos ragachos y a la grupa de flamantes vespas de sueños fellinianos: ellos y ellas portando grandes gafas oscuras; de tal manera, que así no existía temor o riesgo alguno a que ambos y sus peinados lacados se alterasen, que mantuviesen impecables aún sus cutis y no sufrieran un ápice, una mácula... soñando quizá en alcanzar el tono pálido e inmaculado de Sirvana Mangano; según mi Actriz insistía sobre el sol, despiadadamente: ¡…Asesinos e inclementes rayos como venablos! No obstante, dentro de la cabaña nos refrescaríamos: ella en pelota picada y yo, más pudoroso, en boxes de licra negro brillante. Pero he ahí mi sorpresa cuando descubro adentro de la estancia que tal vez nos hubiésemos equivocado de lugar… pues, pensaba angustiado: que, de gracia o de manera misteriosa, alguien maquiavelista hubiese arramplado con muchas de mis pertenencias. Y las restantes, caprichosa y súbitamente mudadas de lugar… como los magos de circo ejecutan, con sus diestras e insólitas habilidades, sus números de actuación: Tras un fogonazo de vaho blanquecino surge una bella mujer, La Magica, justo en el centro de un entarimado lustroso cual superficie de laguna de aguas quietas. Si bien, ésta, se adelanta hacia el foso de la orquestina, para así lucir mejor los relumbrantes destellos y plumaje multicolor en su cotilla de farándula y, en la parte de abajo, un diminuto tanga de orillo escamoso; quizá, tras unos instantes de extrema expectación, en tanto el público cede en sus aplausos, entra El Mago vestido de esmoquin, capa española y chistera de raso: el efecto del atuendo, según acordamos mi amiga y yo... _tal vez, esta reflexión, propia de ensimismamientos fortuitos, se haya filtrado de cuando mi Estrella y yo nos deleitamos contemplando, en duermevela, atardeceres de ensueño mientras alalimón fumamos un poco de hierba_, en su conjunto pretende o ansía, por los destellos deslumbrantes del conjunto, que los espectadores sientan estar contemplando un cielo plagado de estrellas fugaces: ¡lágrimas de San Lorenzo!, en una noche hacia mediado de agosto... Él, el Mago, con una sonrisa en extremo estridente, se fuerza en imprimir sobre todas las miradas la sensación de un acto sobrenatural; luego, tras unos instantes de regocijo, Él se saca de la manga algo impreciso que extiende de una atacada bajo lo cual La Magica se esfuma.
Mas no recuerdo cuándo aprecié que mi amiga llevaba de reata y con una cadena de plata lustrosa a su foxterrier rubio, de ojos tristes y lengüecilla inquieta y del tono de las guindillas en su punto justo; entonces, tras un ventanal, creo que improvisado, percibí que el mimado animal saltaba en aras de la danza sobre el regazo, siempre apunto, de su dueña; ésta, ahora aún más azorada y perpleja, comenzó a gritarme lo que yo ya percibiera y oyese instantes antes: un estruendoso tiroteo que daba pie y razón a que ingente manada de conejos se estrellasen contra la cerca metálica dejando a la vista sus sangrantes mondongos, sus labios leporinos rotos y adheridos a los alambres, e incluso algunos desollándose vivos en su intento por traspasar los hexágonos que conforman el estilo o brocado de dicha randa… los que no, con mejor y mayor destreza, saltaban por los aires alcanzando y estrellándose después, cerca… a unos palmos a la vera nuestra. No obstante, desde ese preciso instante (quizá aquí, aún por seguir inmerso en el común duermevela de haber ingerido de más cualquier sustancia que propugne la ebriedad, ya empezase a hervir a borbollón todo lo que debía acaecer después; o, como de natural, tales desvaríos, se trasladasen por puro capricho: al pasado, al presente, al futuro...) olvidé tramos extensos de lo relatado anteriormente: la sin razón o la magia los había diseminado en un batida de mi mente… Hasta verme de improviso o por sorpresa junto a ella, ¡mi Estrella! cruzando un avenida amplia, o en apariencia despejada en los flancos quizá por andar tales compuestos por chalet de colores en toda la gama pastel y con exquisito gusto en su combinación... (sospecho que el foxterrier se quedó de guardián); la calzada, de esas que hacia el centro y en fila _los coches se hubieron comido a dentelladas el resto del bulevar_, o apenas un estrecho arriate sembrado con grades Liquidambas alternando con Prunos del tono de la sangre seca y bajo los cuales se remolinaban rosas multicolor y adelfas: unas blancas, otras rosa pálido y algunas malva; y justo bajo uno de tales árboles de hojitas granate y junto a un macizo de las ya mentadas adelfas, éstas en blanco, fuera cuando descubrí que mi anciana amiga era centro de atención de los bienandantes por su transparente atuendo y por cómo éste dejaba casi a la vista sus generosos pechos aún firmes; dentro de una imagen instantánea quedó impresa su mirada, su boca carmesí en grito de Munch, sus pestañas profusas y retintas… En tanto o precisamente entonces fuera que me quedé ensimismado con el trasiego: en el incesante ir y venir de los coches; aunque yo, por la situación o debido al desasosiego que suelo padecer cada atardecer... o debiérase, no obstante, a un fragmento escapado de un brote psicótico... o simple desvarío: pero ¡qué más da...! ¿Acaso el efecto, en en este suceso en sí, revista o destaque mayor importancia...? Por el ángulo de visión, sin embargo, fuese que apreciase el espectro representado, atendiendo sólo a los techos de los automóviles; sospecho, o me empecino en que el arrobo que sufrí pudo brindarme la imagen de que, acaso, no fuesen coches sino un caudal de agua ensangrentada donde una manada sin fin de delfines dejaban al descubierto... siquiera sus lomos, entonces opalinos por el reflejo del sol en el preciso instante antes de despeñarse tras el ocaso; me debí sumergir de tal manera en la ensoñación o desvario que olvidé absolutamente que, acto seguido, Mi Estrella y yo, según nuestros propositos, retomaríamos lo que pretendimos fuese un placentero paseo hacia la inmensidad de una de las galaxias elegida al azar, sin sentido, a trochemoche, en remolino...
Por alguna otra manía ininteligible respecto a la razón preconcebida, algo sin sentido debió virar nuestro itinerario... Nos vimos, de súbito, dentro de lo que pudiera representar un gran palacio vienés o uno de aquellos cines y teatros de principio del siglo pasado en la Gran Vía Madrileña (hoy Hamburgueserías o Bancos o Boutique de capricho), estaban proyectando una película de cuando mi amiga disfrutaba y lucía en todo su esplendor; la escena en sí transcurría con ella a la grupa de un caballo de larga crin azabache que, a juego con la melena rojo encendido de ella, surcaban que se las pela el fondo de un cañón completamente terracota, arenoso... ni siquiera una brizna ni matojo verde; su objetivo parecía divisarse al fondo, tras unos picachos deiformes surgidos de un desierto desolador: !Aguanta, que lo consigues! El público aplaudía con alborozo cuando entrábamos, pues dimos por bueno que apreciaban gustosos y con elegancia nuestra presencia, sin embargo y sin entender su porqué, todos giraron al unísono, como autómatas sincronizados, sus cabezas para, acto seguido, desgañitarse… mofarse con insultos e improperios difíciles de precisar dado que se solapaban unos a otros y aún con estridentes risotadas de desprecio. Al instante, todo lo anterior aún fue fulminantemente borrado, tachado de mi memoria, y mi cuerpo envarado, a punto de volverse momia, transportado por una grúa invisible hasta el centro del escenario donde, ipso facto, me hallaba ya en mitad, bajo un intensísimo haz de luz, desgranando un discurso… y no, en este caso y por costumbre, sólo a favor de Ava Gardner, si no aún hacia aquéllas otras estrellas rutilantes de su época: Gene Tierne, Rita Haiwod, Marlene Dietrich, Heidi Lamar... Ni recuerdo el mensaje definitivo de aquella arenga, aunque sí detectaba que un cansancio inusitado en los anales de la historia representada se iba irrefrenablemente desarrollando dentro de mí; al principio iba comprobando que me fallaban piernas y brazos, luego y paulatinamente todo mi cuerpo se laxaba hasta apenas sentir el fluir cansino de la sangre espesa como el almíbar: pareciera que divagara o tal vez dudaba ésta por qué venas o arterias optar.
Repentinamente o de improviso, ya me encontraba inmóvil, sujeto cual cristo por alambre de pinchos, sobre un catre o camastro, del que resaltaba su precario atuendo, ropaje... y un hedor típico al del conglomerado de olores dentro de los mortuorios, anejos estos a la sala de autopsias. Mas el entorno no recordaba sino a un escueto y sombrío habitáculo de paredes empapeladas en un estampado adamascado, en orillo sobre vainilla ya a aguas oxidadas. Sin embargo, todo el conjunto, incluida mi persona, fue mermando, diseminándose, difuminándose... para, sin porqué o justificación aparente, casi desplomado, descompuesto, renacer sobre una escalinata de peldaños en arcadas, en semicírculos desmesurados, interminables, pero copados allá en su cumbre o rellano por lo que pudiera representar la fachada del edificio de altas y estriadas columnas al cual supuestamente acudíamos anteriormente mi amiga la actriz y yo... y presumiblemente, ser expuesto ante el mundo, la multitud, las hordas… de igual y execrable manera que aquellos ajusticiados en la horca para que los bienandantes se ensañaran escupiéndoles, escupiéndome... Si bien, en este despoblado e insólito decorado sólo pacía lo que quedaba de mi persona ya condenada por ley a una tetraplejia irremisible, sin embargo, aun sentía cierto hormigueo en cada extremo, terminación o punto de mis veinte partes o dedos de las cuatro extremidades, sumando también los pezones y el prepucio: ahora que reparo, no resultarían veinte, si no veintitres manifestaciones de hormigueo, de punzadas fantasmas. Y algo que agregaba al entorno, para insuflarle aún más desamparo, de inquietante, de tenebroso, de sórdido y de aterrador, era un patente sentido implicíto y manifiesto de falta de la mínima intención o promesa de que del cielo jamás brotaría un insignificante destello ni fulgor alguno; hecho que imprimía a la extricta circunstancia la sensación de que aquél lugar representaba un punto fugaz y a la deriva en el universo.
De seguido o a la par, la patente, cruel y ficticia calma fue progresivamente tornándose desde un sutil bisbiseo hasta alcanzar una bulla entremezclada con acordes de radio mal sincronizada, sirenas descompasadas y denterosos chirridos de neumáticos. Por mera intuición y repentinamente fui comprobando que muchos de los que se arracimaban en círculo (unos de pie, otros sentados y algunos en cuclillas..., y todos a medias sumergidos en una niebla o humo denso) y en pendiente escaleras arriba, no respondían sino a mis familiares y allegados más próximos... y coronando el círculo una hilera en redondel de paisanos anónimos, pero circunspectos; uno de tantos, de la fila o cerco más próximo a mí y quién podría responder a mi hermano José María cuando aún punteaba y despuntaba en la adolescencia, se acercó solícito hacia mí con una taza de café camuflada entre o bajo una americana de pana gris de tormenta… pero justo antes de tornarse definitivamente en marengo; el caldo aquél, negro y espeso como la pez, apenas pude tragarlo, la mitad se vertió sobre mi pecho ya totalmente inerte; mas pude intuir (siquiera él abría la boca para respirar) que repetidamente me advertía que el café me lo brindaba para paliar una supuesta sobredosis de psicofármacos y drogas varias; hecho que sirvió mágicamente para que me irguiese con el garbo gracioso del tentetieso; en firme posición y con denuedo, pero sujeto de ambos sobacos, por mi madre a la izquierda que, aunque no la miraba y ni siquiera advertía su silueta, sí presentía su rostro como el de una Piedad ¿La de Bernnini...?, extenuado por el dolor... y del sobaco contrario, el derecho, por mi tía Isabel ya difunta (entonces dudaba si lo estaba, o fuese otra trampa de mis trastocados recuerdos), muy prieta a mí, como un lapa. A pesar del mutismo absoluto y mientras me conducían ambas y en volandas hacia un nuevo cuartucho siquiera aún más inmundo, de paredes a escobinazos aún húmedos en varios tonos de marrón: adonde encontrarme todavía más aislado, mi tía comenzó a charlar o zumbar dentro de mi cráneo, mientras me introducía disimuladamente, bajo lo que aparentaba o semejaba a una almohada desgalichada, nueve billetes de cien, de las antiguas pesetas, advirtiéndome muy bajito que las cien que faltaban para completar las mil correspondían a la entrada para el teatro adonde ellas, después de postrarme de nuevo y ahora sobre un triclinio desvencijado y a tiras aflecadas el tapizado, acudirían pizpiretas _no entendí tan repentino cambio de humor e incluso de carácter y hasta de identidad, pues vistas las figuras desde atrás, más bien respondían a mi tía Carmen y a mi abuelo El Rubio; ambos difuntos, pero en la visión muy contentos, del bracete y en frascados en una sospechosa conversación_ junto al resto de mi familia, tanto cercana como lejana... inclusos los muertos. Sin embargo, aún pude imaginar después en un recodo de aquel ignoto presente qué me predijo aún mi tía Isabel al oido: ¡Para cuando ya no esté; para cuando ya me haya evaporado! Frase ésta que, metamorfoseada en mariposa dentro de una clásica y transparente bombilla encendida, revoloteaba y se topaba agónica contra las paredes ardientes y cóncavas de su prisión. Y aunque pareciera mero retazo de mis quebrantos, mi prima Sole la de Granada, no obstante, no sólo escrutaba ante mi tal fenómeno, siquiera intentara con ojos eclipsados dominarlo... detenerlo con un ejercicio de concentración mental.
Siquiera aquí, de nuevo postrado sobre el andrajoso camastro o, acaso el triclinio, comienza lo que parecía la representación de un velatorio donde amigos, conocidos y familia despiden ceremoniosamente al fiambre; tasamente, pero aún delataba vida o al menos así lo percibía yo con un instinto subrepticiamente respecto a la conciencia de todos conocida… y siquiera a la que se entremezcla entre los setos del laberinto de los sueños o pesadillas; sin embargo, todos ellos basculaban en su duelo entre las plañideras griegas, italianas, musulmanas... y los que van de paso hacia un bar o garito nocturno. Podría mantener que fue una tía política mía quién se tomaba a la ligera el ceremonial, en tanto no dejaba de parlanchinear y vomitar carcajadas a diestro y siniestro… y hasta podría ser cierto también que no fuese sino mi carnal tía Justa, pues el tono de voz, de por sí alegre y estridente, alertaba o informaba de la pista..., ya que en ese punto o circunstancia la opacidad casi resultaba infranqueable tanto en imágenes como en sonidos; ésta o aquélla ¡qué más da; para qué hurgar en naderías! declamaba al moribundo (yo, que parecía otro, con una mortaja de etiqueta, los zapatos como de charol, un peinado esmeradamente compuesto, repeinado, repulido... y sendos arreboles en los mofletes, mucho más intensos que si estuviese aún vivo... o tal vez, hubiesen sido maquillados por aquélla que espurreaba la risa; y no sería de extrañar, por tanto, que acaso sus carcajadas respondiesen al contemplar al fantoche al que me habían convertido) una insólita pero infalible manera de ahuyentar a la parca, sirviéndose de unos corchos de garrafa tiznados y asaetados con alfileres de punta afiladísima y cabeza negra… ¡cuantos más, mejor; sí, que parezca una zarzamora madura! A su lado se enmarcaba, como fotografía en sepia, decolorada... en primer plano, el rostro dulce, triste y lloroso de mi querida tía Araceli; en tanto lo observaba entre pestañas o enrejado fino de mosquitera inspirada o propia de ¿exploradores? explotadores desarmados de la ya remota África aún sin amancillar, creo que deduje in situ que, salvo mi hija (Claudia, de apenas un año y aún con sus rizos de orillo cobrizo y mirada de amor inseguro, taimado, reprimido... pero que sólo yo podía advertir; y algo aún más sutil bajo la tez entorno a los labios, los ojos... ¡cierto encanto exclusivo que ni siquiera los que le profesan abiertamente manifestaciones chirríantes de cariño alcanzarían jamás descubrir! y entanto no cesaba de acuciar pucheros y de acariciar y ungirme los pies con cierto primor desmesurado y un trozo de encaje de blonda que de cuando en cuando humedecía con el bálsamo de sus lágrimas) junto a la ya mencionada tía Araceli, tal vez fueran, sólo ellas, quiénes penaban dañadas, heridas, quebrantadas… por la pérdida inminente de un ser tan querido: de un instante a otro. Entretanto o intermitentemente añoraba con un fuerte dolor o punzada, a modo de candente lancetazo en el pecho, la presencia _¡ausencia de todo punto incomprensible!, dado que también a él lo catalogaba entonces de niño aún indefenso_ de mi otro hijo: Andrés; entre hito y hito (que nadie salvo yo sufría y escuchaba aquellos alaridos que producía mi mente para, no obstante, que tales aullidos se difuminaran o se constriñeran justo tras la campanillas... y allí, instantes después, fuesen, garganta abajo absolviendo mucosas, procurando además en la glotis un comportamiento o función similar o exactamente o de igual manera como se ocluyen los labiso para besar o el ojo del culo en su estado natural...), intercalaba en cuña una interrogación inmensurable: ¿Por qué no se halla aquí mi hijo; por qué nadie se percata de su ausencia?; ¡si alguien me lo oculta, que se vaya, que se aleje, que se esfume... que no es digno ni decente verle obtemperar dolor en mi presencia!; a lo cual nadie prestaba la mínima atención ni decía ¡ni pío!: cual orquesta, sólo de clarinetes mudos, dirigían las narices hacia el capote negro y sin fondo del firmamento, pero ligeramente sesgadas todas ellas cual si apuntasen a un añorado horizonte del cual ya jamás se alzaría el lucero del alba. Después, lo que ya era mera ilusión, decaía casi hasta los últimos estertores [Momentos estos que, como aderezo macabro, aprovechaba para sufrir todo tipo de atrocidades mentales, pero con la cruel nitidez de una realidad ya inalcanzable acaso para mi; en una de tales, deambulaba fatigado o sujeto corto por bridas invisibles, pero tirantes y en extremo tensas como cuerdas de arpa, y cargado, a la espalda, con la madre de mis hijos, Carmen, que parecía haber sufrido un fatídico accidente _lo cual, al instante y por notar en el cogote una humedad densa y pegajosa, deduje_, por derroteros alucinantes en su estructura: desfiladeros hondísimos; de pronto subíamos tanto cuestas empinadas, pedregosas y escurridizas, como indistinta o alternativamente bajábamos (ella, Carmen, aún como caparazón de galápago adherido a la espalda) por calles desérticas y cubiertas de musgo y, de escrutar bien los recovecos, estos se apreciaban plagaditos de bichitos diminutos y bulliciosos: lo único vivo o al menos vibrante... y algo aún más oscuro que el verde ya mencionado que saturaba hasta donde alcanzaba la visión: ése que se sueña de las umbrías de Irlanda; de otear entre las ranuras o almenas descarnadas de supuestas atalayas a la búsqueda absurda de un cículo perfecto como horizonte, que hasta entonces tasamente percibía vibrante y muy escarpado, sospecho que por ir preocupado por la osamenta de Carmen _que según avanzábamos, la fragilidad de cristal se iba resquebrajando bajo su piel enjuta, sin carnes o cual tripas rellenas de añicos de cristal_; sin embargo, en los flancos apreciaba aterrado, al comprobar en sus bordes tramos de tales murallas, por instantes aún más derruidas, a enormes cuervos en actitud dispuesta y precisa para el ataque... aunque, absorvido y embebido, aún advertía las lentas, armónicas y sincronizadas flexiones que tales pajarracos ejercían con sus amenazadoras garras; de gracia que, de levantar el vuelo, en un pispás, o por sorpresa, los laberintos volvieron o volverían a su condición de antiguas y mayestáticas fortalezas, abandonadas intencionadamente y sin pesadumbre, para que el lento devenir de la nada las fuese granjeando en inútiles ruinas... Sin fundamento ni principio ni fin, salvo y muy de vez en vez ser detenidos (Carmen y yo) con un ¡alto ahí; ni un paso más! por escuadras de Templarios provistos de escudos de oro brillante, cascos argentinos y encrestados por penachos de plumas en el tono de la pulpa del níspero maduro, con arrogancia y fiereza en el rostro digna de las estatuas griegas en mármol de la más exquisita pureza. En otro paisaje, del cual visualizaba a lo lejos y sobre la línea de un horizonte ahora escarpado, hileras de penitentes parecidas o idénticas a las impresas o recreadas por Bergman en una de sus primeras películas… y ésta inspirada a su vez en una película de Dreyer], pero y sin apreciar cómo, de nuevo, pálpito a pálpito, alzaba el ánimo elevándolo hacia un somero aliento, hálito, respiro, queja...; en uno de tantos sospechaba dormirme o acaso presintiera que me vencía el último suspiro; luego tras una pequeña pausa volvía lentamente hacia el istmo impreciso entre la vida y la muerte, pero con otro entorno o, sólo, con una profundidad o perspectiva diferente; en uno de estos, cruzaba aprisa mi padre de negro y con corbata al viento como un pendón, a quién imploraba en silencio (ya no podía despegar los labios) que se detuviese un instante a paliarme una insufrible desazón. Luego, sin percatarnos o ya sin retener el instante anterior, suplicaba y perseveraba... Pero, a medida que transcurría la ilusión del tiempo sin horas ni minutos, se tornaba el conjunto ¡aún los sentidos y sentimientos! siquiera más delusurios si fuera posible. Empero, y fuera tanto de lo material como de lo espiritual, sí revivían algunos reproches: por qué no se percataba mi padre de que yo, su hijo primogénito, lo llamaba a voz en cuello, desde el fondo de mi garganta sin fondo... y a pesar de que mi alma en estela perseguía su ruta, e inutilmente lo rozaba: ¡cuando, ajeno, él continuaba a su ritmo... ése que por su armonía y perfección pareciese sujeto a los latidos a galope de su ardoroso corazón!, sin mirar atrás y silbando a chiflidos y hacia arriba, cual pajarillo en celo que ejecutara una tonadilla aflamencada con tal sutilidad en tempo y tono que si soplara o alentase el vuelo pando y sutil de una mariposa. Justo después y súbitamente apareció... ¿nació? mi hermana Marisol completamente desnuda y con una melena tan larga y rubia como la Venus de Botticelli, ¡mas sin parangón la sublime belleza de mi hermana respecto a la de aquélla!... muy resuelta en ademanes (al contrario que la recatada "Primavera", ella descubría sus encantos retirando con garbo y hacia atrás las crenchas de su melena larguísima) y en extremo resolutiva de carácter: ¡Esto hay que subsanarlo de inmediato; no veis siquiera que estamos todos montando circo… y el ridículo más exagerado en el que nadie jamás pueda incurrir, excepto la chusma! ¿No resultaría más estético y bonito ocultar actos tan deplorables? De nuevo, y repentinamente, otra vez me volví a quedar completamente solo, abandonado y a oscuras... quizá la sensación ardorosa de un crepitar insonoro me advertía y disciplinaba, para dilatar el trance, a imaginar que acaso paredes y techo fuesen de escamás y cómo estas, susceptibles siquiera a hálitos de moribundo, se desprendían en espurreo, en polvareda, en chiribitas... para descender pasíficamede, amansadas, perfectamente distribuidas tanto en vertical como en horizontal, y con la volatilidad de epítetos sueltos, en arminía... y ni por asomo andar presos en frase alguna, o como pétalos de margaritas, para que así, éste (yo en tanto expiraba) fuese pulcra y sacramentalmente amortajado.
De manera sobrenatural o ya ante el umbral del fin, aún detecté, por el husmo penetrante, a un mendigo depravado, pero libre al fin.. y de quién supe al instante de su identidad; acaso por la intensidad dual de su mirada... frágil, presta a la sonnolencia iluminada... Y de cuál siempre acaudalé ese instante de lucha donde nuestras miras creíamos, ilusos, entonces, se imbrincarían definitivamente; deuda o recompensa, por el esmero de tenerlas celosamente guardadas en la parte más solemne de mis entrañas... ¿L. Mª. R. R.... ? Lo cierto fue que se acurrucaba o aferraba junto a mí con una especie de tentáculos que absorbían habrientos y gozosamente la poca energía que aún pudiera contener en ínfimos capilares bajo mi piel… o acaso más fiel sería determinar que fuesen múltiples aguijones de moscardas que intentasen libar... o insuflarme vida... o yo con idéntico ardid ofrendársela a él... o, quizá, intercambio excrementoso entre almas ya en el punto justo del proceso de putrefacción: la suya entre la mía...; y ambos, o la monumental comparsa intermitente, ambivalente... del mendigo y yo, en el centro de una lápida helada, dispuestos en ese punto o ya erguidos, de pie, como cariátides de piedra, a perdurar a la grupa dentro del remolino inerte de la eternidad.
De proponer un vistazo planeando desde cierta altura, podría observarse este suntuoso mausoleo: molde o copia inspirada _pues la base se fundía con la piedra_ en los esclavos de Miguel Ángel: aquéllos que hasta el fin de los tiempos permanecerán formando parte de su pétrea condición; mas como aseguran que desde la luna resaltan por su fastuosidad la Muralla China y el Palacio Chauchesko, aún así destacaríamos nosotros per séculam seculorum.
De Antonio García Montes, en el día de mi onomástica (2009)

jueves, 24 de septiembre de 2009

FRAGMENTOS ULCERADOS


FRAGMENTOS ULCERADOS

A Pepa Flores (Marisol); de las pocas personas, o la única, de quién recibo energía por su valentía, honradez, honestidad...; y de su gesto, al proponerla y rechazar sin pensárselo, una millonada: ¡No todo se compra con dinero!, del cual me aferro, para que en momentos de flaqueza pueda serguir atalantando...

El recuerdo del silencio pavoroso, quieto y de lívidos colores, de muchos atardeceres, sucedía alternativamente a la calurosa y trémula inquietud de una tarde de verano.
Robert Musil


El acometer tramos de la propia existencia, siempre me pareció un gesto de arrogancia y más teniendo en cuenta que al relatar _al menos en mi caso_, de alguna forma o por descuido o siempre, el resultado se manifiesta bien nutrido de visos delatores... y, aunque en lecturas íntimas o ya en la última vuelta del perfilado final ni siquiera se aprecie repunte alguno, por el mero trasiego y aun de no gozar lo informado de un minúsculo relumbro de claridad, de pistas, herméticamente cerrado, no es descabellado ni entonces que siempre afloren pentimentos, huellas de sangre reseca, resquicios inconexos; es por lo que en ocasiones, nos saltemos los principios, las reglas, los propósitos... lanzándonos hacia el mínimo intersticio para falagar vomitando algún que otro cuajarón de bilis.

Esta noche he soñado que un corrillo de expertos se abalanzaba sobre mi, para reprocharme: ¿Por qué coño me metía en camisas de once varas?; antes de quitarme siquiera las legañas he echado a correr hacia el ordenador con la lengua fuera y a pique de que me atice un yuyu o, de un traspié, salga despedido por la venta; no deseo ni querría ni pretendo que me confundan (bastante confundido ando yo hasta con la receta del gazpacho) con Ilustres Académicos aplicados en materias de índole tales como Honorífico en Historia, Químico Enólogo, Filósofos aplicados sólamante en Platón... en fin, Académicos varios, incluso Periodistas de Telediarios escrutando con espanto la Nada. Yo, más bien, podría responder como un perenne aprendiz de casi todo y casi nada... ¡ojeador de musarañas!; y lo de ciertos articulillos, acaso intento entre una cosa y la otra que se me despejen las migrañas, las ofuscaciones, las ventoleras, la mala leche... dado que ni intentado conversar o discutir con los animales autóctonos adonde habito me deja ni pizca de satisfecho; de ahí que me arranque por lo que más a mano encuentro: incluso por peteneras; a veces, tras ser despreciado hasta por los dichosos animales, meto la cabeza bajo el ala, aunque ni de coña cuente o responda como primo del avestruz.

De lo que a continuación intento desvelar, y antes de meterme en faena, de antemano y por decoro, imploro que reparen generosamente en ello... y ¡no alcen las manos al cielo!, porque, sólo el hecho de decidirme a desbaratarlo, ya me resulta penosísimo... y no sería una locura temer que me cueste un que otro berrinche; quizá acaricie, cual juglar sin fama ni méritos a la espalda, cantar hazañas o gestas propias para anticiparme a los rumores de especialistas en valores humanos; no obstante, siquiera querría dar pie a tan arduo dilema que, por la socarronería al ocultarlo, me da dentelladas en el alma y en las entrañas... ¡y sin saber de cierto por qué! Espero que me crean sin más, porque no es mi deseo explayarme en periodos de mi historia tan delicados y susceptibles de enconos y críticas que, precisamente en este momento, no me agradaría despertar: Síndrome de La Decisión de Sofie.
Mi titubeo, acaso se debe a que pocas personas conocen tal periodo de mi infancia, incluso ni los más íntimos del entorno familiar más estrecho; de ahí el apunte o disfraz del rebuscado síndrome, anteriormente señalado _sí, a resultas de aquél hecho o ficción donde una madre se ve obligada a elegir entre sus hijos; a quién debe abandonar para que lo exterminen y a quién elegir para que sobreviva; ahora bien, sé que, proyectado a cañonazos y de sopetón, resultaría una cruel extravagancia, aunque rebajando la intensión y el propósito considero que tampoco es para tanto, pues, por norma, una madre con varios hijos se siente en la diatriba de elegir a cada paso o en todo momento entre el conjunto de la camada... o, ahora con psicologías trasnochadas, equilibrar la balanza aunque a fuerza de falsas zalamerías_ Por tanto, y ya algo más despejados ¿quizá?, los tramos a juicio y a los que pretendo acercarme de puntillas, motivado por pudor o miedo de que se pasen de empolladura, comenzaré sin más, atancando directamente el meollo:

Me han contado que pronuncié las primeras palabras: Luna y Justa, según mis dos tías mayores _desgraciadamente fallecidas_ y mi madre aún viva y de muy buen ver, con 8 meses (vamos a dejarlo en diez, por si exageraron un poco) y que de seguido y sin emplear el gangueo propio de los Bebés, comencé de corrido a explicarme cual papagayo; y a los tres años [según me trasmitió, tarabilleando, Luis, Ingeniero e hijo de D. Luis el Maestro Escuela que entonces, cuando esto acaece y éste habitaba y servía en mi aldea de autoridad excelsa y de juicio inapelable, impartiendo... lo mínimo para que los paisanos aprendiesen siquiera a firmar; de natural o por mandato, aún formaba parte de las máximas figuras dentro del clásico triunvirato en cualquier aldea de entonces, en plena posguerra: Cura, Comandante en Puesto de la Benemérita y el Maestro] al parecer, ya recitaba el mapamundi de memoria, operaba divisiones por más de cuatro cifras y complejos problemas aritméticos; y que, en otra rama o disciplina, en la parroquial, ayudaba de monaguillo en latín; debió ser antes de los 9 años puesto que en esa fecha me trasladé al pueblo vecino adónde emprender cierto curso preparatorio para el acceso a Bachiller; entonces, un año antes se optaba a una especie de ingreso o primera reválida para conseguir, previo examen, la entrada a primero de Bachillerato; y así contar con nueve para diez en Primero; lo que explica, para que no sospechen que fanfarroneo o exagero la información expuesta _De seguro y con paciencia ya comprobarán que todo este tinglado al que pretendo siquiera devanar sólo ha supuesto para mí más una condena que un regalo o distinción... más un peñascazo que el choque iluminador de una manzana caída del cielo_, que con nueve años me sabía en latín y de carrerilla... ¡tengo pruebas irrefutables, pues aún recito el confíteo como La Niña del Exorcista! todo lo referente a los sacramentos... y tantos espectáculos dantescos dentro y fuera de la Iglesia: Misa, Misa especial de difuntos, Misa de Gloria, Misa del Gallo, Enlaces Matrimoniales, Bautizos, Funerales... y demás parafernalias con sus respectivos cantos a voces atónicas de gregorianos alborozados, adheridos estos a tamañas y delirantes representaciones; imagino que, instigado por el déspota, depredador, arrogante y cruel sacerdote: D. Paulino Cantero García.
Hasta aquí nada denota relevancia extraordinaria, porque los niños prodigios abundan en Holywood a docenas y los superdotados por miles en cualquier rincón del mudo... hasta donde Dios pintó a Perico; todo es cuestión, con un detector de talentos, dar con ellos y sellarlos o marcarlos a fuego para distinguirlos de la manada. Pero ni así alcanzan todos su sino; algunos, como de manera fragante delata este caso, el mío, se pierden desperdigados y prendidos entre las espinas de zarzas y hojarasca. Esto, al parecer, es propio o adyacente respecto al asunto en sí; mas en mi caso particular haya dado con el cuid de la cuestión demasiado tarde.

Antes de continuar debo intercalar que padezco _ aunque suene a irritante despropósito reiterar lo que ya no es ningún secreto... incluso obviedad por la insistencia cansina por mi parte; pero se debe a que cuando me reprochan mis prolijas faltas y atropellos, siento un dolor infinito_ una dislexia del copón bendito: Anomalía en la semántica que descubrí rondando la cincuentena; hasta entonces me consideré tonto del haba, pues a pesar de los detalles que dentro del remolino de las ensoñaciones que percibiera de tarde en tarde... o siempre, más que aliento o regusto como ¡más listo que el hambre!, descubría, sin embargo, cierto fulgor próximo a lo que desde mi supersticiosa ignorancia consideraba de chaladura, de desconcierto, de desvarío, de empeyones hacia los infiernos. El entorno, que nunca debemos despreciar, debió de ocupase y propiciar tal engendro; tengan en cuenta que provengo de una aldea que, aunque ahora aparente un progreso hortera, desmedido y ostentoso, entonces sólo existían casuchas de suelos de tierra y techos de cáñamo, esparto, pita... y el tomo apelmazado con tierra pajiza; la Iglesia, Cuartel de la Guardia Civil y algunas otras cuantas casas de postín, disponían de tejados de loza árabe. Aunque algo debió quedar preso aun en mentes tan poco doctas en la cultura o "el saber", porque un rescoldo de inquietud, quizá... pues mi madre, con una terquedad y furía propias de militar en campaña, entre una cosa y la otra y tal vez por instinto, se empeñó insistiendo, junto a mi abuelo paterno, en que nos trasladásemos a un lugar dónde yo pudiese dar rienda suelta a tanto como en un principio algunos auguraron; o la incertidumbre o curiosidad de qué albergaba o escondía aquel repipi y enclenque niño bajo la piojera.
Sin embargo, antes de que esto sucediese debo pararme o retroceder hasta cuando me vi obligado a trasladarme, solo, al pueblo vecino: Rute; adonde intentar, no ya despuntar (dado mi escaso nivel en el examen de ingreso) si no, a acceder con empeño vano a un mero ajuste para no responder como analfabeto. Allí, permanecí cuatro años. Y a base de palizas, de gritos, de amenazas sordas, conseguí (creo que por la intervención renuente de mi abuelo El Rubio respecto a sus incesantes recomendaciones sobre mi talento al Director del Centro... y a escondidas, para que yo no me percatase; aunque después de sus pesquisas, por costumbre, día sí, día también, esperaba pacientemente sobre el quicio del Portón del colegio a visitarme en el recreo y de paso regalarme algún dulce, que eran mi pasión) alcanzar, por los pelos, tercero de bachiller. De ahí, como antes he referido y por lo dicho de la terquedad ambiciosa de mi madre... y por que también élla apuntaba un carácter ¡que páa qué!, nos mudamos a los Madriles; tal vez allí, retirado de la influencia de los ruchos de la aldea, fuese el lugar idóneo en el cual yo pudiese levantar el vuelo; pero ni por ésas ni por ninguna otra casualidad, aquel niño (yo) tan sólo respondía como pésimo estudiante, apocado, atontado, indeciso, atrabiliario, torpe hasta decir basta en lo manual y hasta de ir al mercado por no retener la lista de la compra... y, de llevarla escrita, no encontrarla en su momento... a quién, por cojones: ¡no había otra! mandarlo a trabajar de lo que fuese: ¡Encima de trasladarnos, con todos lo bártulos _repetían sin cesar mis padres; mi ABUELO, recién llegados a Madrid fue atropellado por un taxi y falleció_, para que éste niñato estudiase y no fuese un rucho más... (como los de Zambra de donde habíamos emigrado, huido) ...No se va a quedar, ahora, dando planes y vueltas por las calles aplicado y embelesado sólo tras el eco del trinar de golondrinas chifladas; vamos, hasta ahí podíamos llegar! Así que, a trabajar que es adónde debieron pensar que debían de haberme encarrilado desde el principio.
Apenas un años después, ya asentados en Madrid supe _cuando contaba con 16 años y respondía como botones sin gorra repartiendo paquetes al hombro en unas oficinas de publicidad para TVE; creo que de las primeras en su género: Víctor Sagi_ que algunos resquicios de mis fabulaciones podían atender a cierta veracidad, aunque entonces aún me propiciaron mayor desconcierto; de cualquier manera, en este punto ya andaba agotada o frenada cualquier esperanza; y aún más por la sorpresa confusa que el circunspecto Ingeniero, hijo del mencionado maestro, me infringió; seguramente sin maldad alguna.

Ahora que viene a cuento, retomaremos el propósito del comienzo; pues, por estas fechas, rondando la Navidad, fue que se presentó sin previo aviso el hijo del Maestro de nuestra aldea, de nombre también Luis; éste, ingeniero, como ya he apuntado anteriormente y según supe después, venía a cerciorarse y comprobar qué había sido de aquel niño tan ensalzado como simiente de genio por su padre; pero en ese preciso instante sospeché, por su actitud incómoda y abántica ante tal situación (de lógica él debería adoptar más entereza dado que, a todas luces, era superior ante nosotros; meros palurdos perplejos) que algo subyacía bajo aquellas excesivas manifestaciones de aprecio, aun sin que él, por haber salido pronto de la aldea a estudiar a Barcelona, ni nos recordara lo más mínimo. De cualquier manera, tras un breve vistazo hacia mí, no pudo reprimir un ademán de azoramiento, solapando una exclamación confusa y desconcertante: ¡Así qué... éste es el famoso Antoñito!; hacia lo cual, mi madre se quedó de una pieza. Como pasmarotes refugiados ante la puerta entre abierta, acaso fuimos capaces de abundar en la pena infinita por la muerte de mi abuelo. Y por las circunstancias (me avergüenzo ahora) la torpeza de no invitarle siquiera a que pasase y se sentara después de haber subido cinco pisos a pata: resoplaba el pobrecillo como un caballo extenuado y, de su frente, afluía el sudor a chorros; situación incómoda y confusa, tal que nos empujó a despedirlo sin más, aunque, por el detalle insólito de su inesperada visita, mostrándole un agradecimiento desmesurado... incluso con aspavientos.

Más tarde, al entrelazar, plegar y unir esto sobre aquello, apenas si distinguía la verdad de la mentira; pues, El Ingeniero, al día siguiente o al otro, donde me citó de tapadillo, cuando le acompañé a abrirle la puerta de entra al edificio, sin preámbulos metió la mano en la candela: ¡Tienes que acercarte a mi oficina; que aún hay mucha tela que cortar!; se afianzó, acaso y sin haber atacado el conjunto de la información en el orden establecido o más idóneo para que un chaval impresionado comprendiese al menos algo de tan destacado intrínguli; lo que, por las expectativas para mí vertiginosas y en principio absurdas, todo se desplegaba ante mí como mera fantasía. Y con el agravante de, al día siguiente o al otro, como él me indicara, hallarme ante un lugar a primera vista desolador: una oficina prefabricada en medio de un descampado con trazas de vertedero (lo que más tarde se convertiría en AZCA, la zona financiera de más alto standing de Madrid); el interior de tal habitáculo se presentó, así como una estancia de proporciones destructuradas, deformes, desarmónicas... que si acaso daban impresión o visión imaginada de un escenario donde en instantes comenzaría la apertura de lo que podría apreciarse o resultar como mera imitación de un pieza trágico-musical-absurda dentro de una carpa certera o palpablemente calificada de teatrillo experimental: ¡sin comerlo ni beberlo! Tras los saludos de rigor, algo eufóricos y jactanciosos por su parte, dieron pistas, aunque confusas, de tanto y cuanto su padre aún albergaba sobre mí particular discernimiento. Lo que juzgaba, o yo así lo entendía entre el desconcierto atribulado del principio, como episodios sueltos de comentarios, observaciones sin sentido aparente... o que siquiera respondían, según él, a meros infundios o chocheces propios de la añoranza que se desboca por el propio trasiego andando aprisa hacia la vejez, de su propio padre... artífice de tamaña ensoñación y de disparates sin tino ni fin; o tal vez cierta exageración e incluso una traslación de endebles actitudes de él referente... o respecto a las de algún otro alumno; intercambiándolos, confundiéndolos con triquiñuelas a salto de mata... Mas, en el transcurso tenso de esta entrevista o visita, sin cesar flotaban resquicios de datos en los que su anciano padre debía no cesar de ponderar ¿?... aunque, contradiciéndolos de inmediato, su hijo, el Ingeniero, como si hablase solo: ¡Antoñito lo hubiese resuelto en un santiamén... y antes de cumplir los tres años!; mas, lo dicho por bueno, contradicho al minuto siguiente por él mismo...: que tal vez sólo fuesen simples impresiones por puro capricho de orgullo o improntas con disfraz carnavalesco. Así que, con la verdad en carne viva, a la puta mierda; para él no tenía sentido alguno dilatar manifiesto embrollo... y menos rebuscar o despejar más conjeturas obtusas, que ni delatan ni esclarecen mayor compostura, salvo incidir en heridas fantasmas. No obstante y según él mantenía la vista en círculo tras la mina del compás y en tanto _yo arrinconado en la puerta de salida cual pasmarote_, no cesaba de tartamudear, entonando sin música, simples murmuraciones: que sí pudo ocurrir que su Padre fuera quién convenció a mi abuelo El Rubio, con una recomendación, para considerar o descubrir si su nieto, yo, estaba o no dotado de talento... Pero... ¡Si tú no recuerdas nada, tal vez resulte todo este batiburrillo mera alucinación... una incógnita sin importancia o dada la vuelta e incrustada entre los recuerdos de un anciano profesor que intensase despejar el pasado, arañándolo con dedos torpes y sarmentosos! Sin embargo, cuando yo pretendía titubear un adiós sujeto al pomo de la puerta, El Ingeniero daba muestras o visos de que continuaba rastreando en ronroneo sobre aquel galimatías para mí interminable y exasperarte; para él quizá espinoso. Entonces, a mi recuerdo acudió una imagen de trazos deslumbrantes y que repentinamente se antepuso entre el fragor cobrizo, a raudales por un ventanal y propio del atardecer, tras filtrarse el sol ya en declive y presa y atenuada su fuerza entre la polvareda que despedían gigantes excavadoras en plena faena, y sobre la rizada cabellera en llamas del dichoso parlante... y cómo en un tramo de cristal flotante, en apariencia de espejo, nítidamente se representaba la parte ya insinuada, o no, de cuando su padre entregó una recomendación a mi abuelo. Y precisamente cuando éste, celosamente, la escondía en el interior del bolsillo de su americana... plegada perfectamente en su brazo doblado como en cabestrillo, para que, de mi mano _según imperativo firme de D. Luis_, ambos nos dirigiésemos a un Monasterio cerca de Puente Genil, en el cual adiestraban o disciplinaban a niños respondones y sabihondos, con el fin menesteroso y de gracia para que no se volviesen locos y poderlos encarrilar por o hacia una senda digna y prometedora..., previo examen ¡por supuesto! y, de seguido, el ingreso. Recordé además, cómo el eco de una voz de ultratumba declamaba : ¡...Mejor que acabar en chirona o en un manicomio en los cuales aún impera la moda de la argolla al pie; so pena que, como tengo entendido de allá en su aldea, por caridad le dejen suelto igual que aquél otro lince que, como cuentan rumores, incesantemente no para de perseguir muchachas en flor, con tal de que éstas hallan cumplido acaso cinco años!.
En tal institución, seguro formarían un hueco entre grupo tan selecto y bajo la calificación de la prueba y el beneplácito del Prior... y así acceder triunfante a la antesala de la gloria. Aún creo apreciar, en trazos difusos entres recuerdos y visiones que vagaban por la estancia... como saturada ésta de un magma ambarino dónde rolaban miriadas de polutas incandescentes: la impresionante cabeza del fraile o Prior que nos recibiera entonces; de la cara resaltaban unos rasgos enormes; rubicundo de tez, arrogante y colérico en ademanes, de gestos..., que vistos desde abajo _mi escasa altura_ impresionaban más que los típicos cabezudos: los que dan, tras el pistoletazo de salida, paso al comienzo de la festividad Mariana... y demás sacrificios crueles; ensañándose lo mozos más pintones contra algún noble animal tras la típica procesión de la Virgen que cada pueblo optaba o opte por distinguir: costumbre o tradición en cada lugar de España a trasmano y por recóndito que el pueblucho o aldea se hallasen, u hoy aún se hallen. De tal suerte que, yo de adulto, no respondiese a un cabestro sin jáquima como ostentan orgullosos casi todos los de la aldea; y, por contra, despuntar con el tiempo y una caña, según ¿vaticinio? del tal Maestro, como poco de Médico o Ministro.
El mencionado Ingeniero, quizá sin proponérselo, pero también contribuyó para que de una vez por todas los anhelos se rompiesen y los sueños se borrasen de mi pensamiento, tajantemente, con apenas un guiño extraviado, que sin querer o adrede se antepuso entre mi visión y su palabrería; no había más que comprobar el semblante de tan refinado invitado (días antes, como refiriera, allá en mi vivienda) cuando se dio de bruces con una realidad tan contradictoria y desconcertante a la mantenida de seguro antes de la vista: contemplar, sin anestesia, a un botones sudoroso, mugriento... recién llegado de repartir paquetes; en tanto él esperaba encontrarse con un muchacho, tarascando ya el Parnaso con las uñas. Sin embargo, y tras concertar una cita conmigo, a la chita callando como fuera juzgado anteriormente; ahora en la segunda visión, sin embargo, recordaba el conjunto y las formas, más encarnizados que en su momento; el mandato firme y autoritario _¡tal vez su encono respondiese a la pérdida de tiempo, quizá debida a confiar sin reservas en los desvaríos o suposiciones del padre ya rondando la chochez!_ en el descrito lugar, en el cual debía presentarme al día siguiente, o al otro... para sopesar ¡mejor solos allí! en su flamante oficina, ciertas incógnitas sobre mi niñez, trazadas y exaltadas constantemente por su padre; lo que, por contra, se convirtió en comentarme con el discurso caótico que he transcrito anteriormente, que yo no correspondía por descontado a quién, según recomendación expresa de su padre, debía él atender, implicarse, si fuera necesario, para que, in situ, refrendara logros tan plurales y distinguidos... ¡del niños aquél! O lo que, al contrario, su padre: D. Luis hubo, por anhelos prendidos en la tela de débiles ensoñaciones, hasta inventado!
No obstante, y mientras se aplicaba de nuevo sobre un plano en señal o forzando una nueva despedida, me insinuó que tras conocerme y una vez comprobadas las recomendaciones y sin preámbulos, él debería telefonear y contárselo, de pe a pa, a su padre. Mientras expresaba con desgana y algo de desaire tan categórica determinación... _en este preciso instantes cerró los ojos para, ceremoniosamente, quitarse las gafas y limpiarlas con primor desmesurado_, diametralmente opuesta a la que, antes de conocerme, albergara en respuesta a la propuesta imperativa de su padre; entonces, se le enturbiaron los ojos, a medida que volvía a ajustarse las gafas con cierto regodeo; ocasión que aprovechó para implorar que nunca comentase ni en confesión que tal encuentro tuvo lugar; pues él, eso le trasmitiría a su padre: D. Luis, para no infringirle un disgusto gratuito y absurdo: Sencillamente, le referiría que no había hallado a la familia de Zambreños, la mía.
Ya fuera, y dado que ya tenía asumido que acaso respondía a un mediocre elemento digno de la parte menos remunerada y considerado en una cuadrilla como peón sin mayores aspiraciones, siquiera me atormenté ni se alborotaron un ápice mis sueños; tal vez, advirtiera cierta melancolía, pero más proyectada en desgana al caminar de regroso a casa; aunque, ahora que lo recreo, sí descollaba en palpito cierta punzada de desasosiego por el agravante detalle de que lo hablado entre ambos, El Ingeniero y Yo, fuera un secreto que nunca se podría desvelar. Más tarde, rebinando por casualidad entre los pentimentos de mi absurda memoria me sorprendió algo parecido a una sentencia con todo su ardor implícito:
Por qué siempre andaba el Demonio bajo los faldones de los frailes, entre las ingles de maestros, de profesores, de jefes, de padres, de hermanos, de amigos, de parejas, de hijos... y siempre dispuesto a desplegar y alargar su jopo y atizar sin mayor reflexión un zurriagazo, al menos indicado; por qué con esa saña, cuando aquél niño sólo se sentía y aún recae aterrado o impresionado hasta con la visión tenebrosa de lugar tan sobrecogedoramente desproporcionado: aquel monasterio lúgubre, tasamente iluminado por la roseta allá en el centro de la bóveda de antesala tan fantasmal; por qué blandir con tanta furia y arrojo sus tajantes e indiscutibles calificaciones contra el semblante de víctima tan alfeñique... o ante la cabeza agachada de mi abuelo... humillado, ofendido. ¡Para que, lo juzgo ahora, entonces y después y por siempre jamás, nadie volviese a preguntar, ni proferir ni pío sobre trance tan esperpéntico; acaso, responder siempre con titubeos y tonterías de capirote: en verdad creo que _junto a mi abuelo el Rubio y ante aquel siniestro mastodonte convertido en Prior_ me quedé como quien ve al Diablo en persona por primera vez; hecho que dio al traste también con las ilusiones de mi abuelo...! Y de lo acaecido, acaso contase como mera anécdota que por su incongruencia ni se debería mentar jamás, si no es de guasa; ella solita se desintegraría entre los instantes tuertos del devenir.
Así, todo volvió a calmarse, el panorama se quedó quieto, sereno... latente entre o por alguna insignificancia... o acaso un deje o embeleco escondido en algún resquicio del sentido o sueño de alguien: ¿mi madre?; pues no sería de extrañar, puesto que recuerdo que Ella no cesaba de repetirme: ¡No quiero hijos con buenos principios! Expresión que a su vez soliviantaba otra condena: la sentenciada de manera cruel y manifiesta por el injusto e indecente Prior; con tal autoridad y arrogancia, imposible de superar jamás: ¡La cara se le debía caer a usted de vergüenza... _recuerdo ahora que entonces éste miraba fija e insidiosamente a mis ojos atónitos, aunque el insulto fuese dirigido a mi abuelo_, venirme a mí con tamaño mencal; pero si resulta que se trata de una broma, váyanse con viento fresco por donde han venido... Y sin rechistar... eh; ni media palabra!

Llegados a este punto, alguien se podría preguntar qué opinaba mi padre de todo esto, pues nada; creo que ni se enteró jamás de tales propósito fallidos... ni de disposición o duda alguna referente a mí; ¡miento!, acaso, con autocomplacencia y siempre y por norma, ha pensado de mí que, sí era hijo suyo, por cojones debería ser buena persona.

Nada de esto pudo nunca adquirir relevancia ni salir a la luz... (a pesar de las complejísimas y delirantes ensoñaciones de un adolescente que, ni clamando directamente al firmamento o cielo, fueron nunca atendidas y ni siquiera trazadas, delineadas; recorriendo, en contra de mi voluntad, incesantes incursiones dentro de aquel batiburrillo, en son recurrente en mi atolondrada cabeza...: ¡sólo conseguía refugiarme en las ardua batallas que libraban recuerdos agradables y otros no tanto; de ensoñaciones a muerte contra episodios de memoria, y tal vez todo como resultado de la charla discurso del susodicho Ingeniero... que seguramente sin proponérselo consiguió avivar u soliviantar aún más recuerdos inconcretos, inconcluso o respecto a mi infancia olvidada... o desde que tuviese los primero brotes de juicio!) de no presentarse de frente una insólita casualidad:
Cuando mi hijo Andrés contaba 15 años y por padecer éste afonías propias de la edad... me topé con D. Enrique E. R., Médico, Foníatra, Logopeda...; de no haber ocurrido tan fortuito encuentro, seguramente, nunca hubiese reparado en que igual no era sólo un mequetrefe... ¡con menos seso que un mosquito! Debo subrayar, para que diletantes quisquillos no pongan el grito en el cielo, que, sin saber porqué u por ardides varios, siempre he intentado confundir al prójimo ¿confundirme yo?, dando a entender por pura supervivencia que acaso daba el pego como un tipo algo singular y que escondía, o así lo procuraba, algún secretismo insondable; aunque nunca recibiera prebendas como fruto... y alivio para mi solad; lo que me lleva a juzgar ahora que para qué esfuerzo tan superfluo.
El mencionado Doctor, hijo éste de unos extravagantes terratenientes cordobeses _no era corriente entonces tal decisión_, que por un capricho altanero les dio por enviar al hijo a estudiar a las Américas; una vez terminó medicina, a emprender alguna especialidad que le otorgase más prestigio; pero ¡eh te aquí! que al tal muchacho o ya hombrecito: Enrique, le vino la chaladura a la cabeza de, por qué no experimentar e indagar dentro de otros derroteros (entonces no era frecuente denominarlos máster) en asuntos del lenguaje y derivados; lo que le introdujo por mera chiripa en lo que, entonces allí, andaba en sus primeros pasos, y aquí ni siquiera se amontonaba el abono adonde poner la semilla para que germinase tan curiosa disciplina en torno a un difunción extraña a la hora del aprendizaje en algunos niños de base raros, introvertidos... y atolondrados cual caracoles histéricos deslizándose por un cristal: la disléxica.

Para no andar enredando más al lector y porque al fin y al cabo este ha sido en verdad el imperante propósito: soltar así de sopetón tanto encono... Y también por haber sufrido ya una docena de veces el sueño de que con esta gripe (A...) u otra con la misma mala sangre, pero que, de cualquier manera o por un mero percance, pronto me van a sacar de patitas y de los pelos de este mundo... ¡nunca se sabe! Y por demás, aunque tal enredo parezca una sin razón, confieso haberme empecinado o empeñado sin conciencia y de una ataca o de un tirón, arrojar y dejar claro y conciso ciertas cosillas... ¡que luego vienen enteradillos a extraer indicios de pruebas falsas...! De donde, se trasluce o destaca que, acaso, hierbe y aún resiste un sufrimiento atroz por haber sido centro o cruce de dos contradictorias dotaciones, cualidades, atributos, factores... y además, al menos una, desconocida entonces... y más aún si se presentan intrincadas una con la otra; para mi y mi entorno debió resultar ¡como quien coge una castaña ardiendo con las manos!: proyecto de una inteligencia (según Don Luis y mi abuelo entonces y luego el Doctor Rayón) fuera de lo normal, más junto o en contrapunto con una disléxica del carajo...Y para concluir _si es que lo consigo_, aunque no sirva de nada, denunciar a grito pelao tanto sufrimiento como me han infringido por sostener unos que era un tontorrón con quién por mero divertimento cebarse a porrazo limpio, y otros difamarme o acusarme constantemente de canichón, de... ¡anda, que no tiene gachas el gachón! _expresión empleada en mi aldea como insulto de malcriado_, de terco, de chulo que no atiende a nada, zorruno, suavón, de malas intenciones reprimidas por cobardía... capaz de, por no trabajar, quedarse ensimismado tras el vuelo de cualquier mosca que rolase entorno a su cocorota, la mía.... ¡Y náa más!
Ahora bien, por pensar algunos y a ultranza que yo no respondía o despertaba tanto encono... o más bien fuese para ellos anguien peculiar respecto al discernimiento corriente; y aunque siempre y entorno a mí se percibiera una controvertida adversidad sin causa aparente, quiero dejar fuera de la denuncia, a mi abuelo el Rubio el Brasileño, a Carmen Ponce de León, a su padre Luis Ponce de León Ronquillo, a Pepe Góngora, a Mayte Señor, a Carmen Vega Miras, a mi compañera Maricruz, a Luis María Ron Román, a mi tía Carmen García Tejero, a mi prima Sole Montes, a Joan Sala Fusté, a Anna Bitriá, a LOLA, a Javier Montero, a LULU, a Sofía Fernández de Mesa, a Manuel Torres... (a mis hijos los descarto por la obviedad que engendra: ¡uno siempre resulta la reohostía para ellos!; y aún a los amantes, ya que estos conllevan intereses de otro matiz y encantamientos de calado a veces sin pizca de compostura ni sentido; resulta imposible juzgar qué ingredientes componían o componen tal anfractuosidad) y algún otro que ahora no distingo desde la nebulosa de mi memoria, ya apunto de comenzar a amojamarse; y no es un capricho de rencor enconado el que distinga precisamente a estas personas ante el resto de los demás, sino a la mera disposición de aquellos a considerarme alguien singular y no tonto de remate como me juzgaron muchos o la mayoría; o cuando respondía a un conglomerado entre irrisorio, de endeble, de mariquita y de rarezas algo disparatadas y graciosillas... susceptible alguna para que muchos me señoreasen ante los demás como una curiosidad circense. A aquéllos, los incondicionales, les agradezco que de entre la maraña de pelusa advirtieran que acaso dentro había algo que extraer y no arrojar como un cacho de carne sangrante a la puta mierda... o, acaso, alejarlo para que no hediese. Tengo que añadir que muchos otros me quisieron (no me estimaron) un barbaridad, pero ¡a lo loco; a dentelladas!...; algunos otros incluso sintieron curiosidad viéndome siempre con un libro bajo el brazo o entrando a un cine, o escribiendo a escondidas cuentecillos en el trabajo, pero nunca ahondaron más adentro; si acaso éste último grupo se arrimaron a mí porque, de joven, destacaba como guapote morboso y de adulto denotaba en el semblante cierta clase o distinción o de porte; vamos que para muchos he dado el pego como de alguien acaudalado y críado entre plumas de oca y vellones de algodón... y entre el conjunto, que algunos siempre me consideraron buena gente: ¡Y ustedes perdonen por la perorata! AGM.