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miércoles, 17 de diciembre de 2014

Por si las moscas

¡P O R S I L A S M O S C A S!
de Antonio García Montes
Madrid, 18 de octubre de l991
Uno de los rasgos más destacables en las moscas, es la despreocupación absoluta por el hecho sucinto de la muerte; ¡para qué huir, si cumplidas las diez semanas de vida caemos como primera línea de infantería en una batalla; si tan sólo se anuncian lluvias, somos amortajadas para el ostracismo... donde se arrumban almas de niños sin bautizar! Quizá podríamos hallar en esto razón a nuestra temeridad, ese penetrar en boca humana alegremente. No obstante, tampoco carecemos de instinto para sobrevivir el tiempo estipulado; quién más, quién menos se conduce alerta, esquiva la mano canalla que intenta asestarle un golpe feroz... Motivo, éste, de nuestras esporádicas escapadas a sobrevolar mierdas recientes en muladares remotos, a merodear ¡caprichosas acérrimas de chucherías! pastelerías regentadas por profesionales sin escrúpulos o, ya en la decrepitud, del retiro definitivo a los preciados refugios negros y cóncavos: jorobas, gibas... prominencias de ancianos artríticos necesitados de sol y tranquilidad para soportar los momentos más penosos. Además aquí se relatan andanzas y escarceos; aunque nadie escuche, como es habitual entre dípteros.
En mi llana opinión, el ejercicio de la memoria en nosotras equivale tanto a la cristalización en el amor, como ésta a la circustancia excepcional que ofrecen las minas de Salzburgo; a la cual se remite Stendhal para subrayar su teoría: Si arrojásemos un manojo de neuronas al pozo de la memoria, al instante se recamaría de recuerdos, incluso ajenos. Mas el sufrir un punto de vista tan múltiple __la enormidad y singularidad de unos ojos... copia exacta de los artilugios utilizados por los primeros pilotos de vuelo__, me pregunto, no será causa de muchas incertidumbres, dubitaciones...; en cambio me incomoda morir sin saber con fiabilidad si tal suceso es o no reflejo de aquel otro que le ocurrió a una amiga... Pero, al fin y al cabo, qué importa ¡si, con existencias tan exigüas, apenas remedamos vidas más que trasnochadas!
También la promiscuidad es rasgo a sopesar, cuando no distintivo principal en nuestra especie; nos apareamos, al vuelo, con el primer desconocido, como quién __humanamente__ se engancha del brazo de un ciego para cruzar de acera... ¡Y si te he visto no me acuerdo! Sin embargo, aunque no podamos exigir potestad alguna sobre nuestra cresa, a consecuencia de semejante galimatías, tampoco debemos desestimar ventajas..., ni el hecho fiel de que éstas a la larga procuran no poco solaz a nuestros nervios. Una de tantas es la suerte de eximirnos de complejos; ya provengan de Electra o de su antagónico Edipo, de aquellos que penden de estos, de pactos entre sí, intensidades de uno en detrimento de otro... Abreviando, carecemos de sensibilidad para la psicología y derivados; ¡qué más da un activo o un pasivo si apenas le soportas camino de la levedad disoluta del éxtasis más fugaz!
Me atrevería a defender también la inutilidad total de la educación en nuestra especie, ni reglas de decoro alguna; no se estima en menos mosca quien lleva la trompa perdida de azúcar, ni de mejor abolengo aquéllas que histéricamente mueven las patitas cuando fornincan, y después de comer... Aunque, ahora que caigo, tal vez denote buenas maneras lo de ingerir mierda sin mirar al vecino.
Una vez expuestos algunos de los rasgos más descollantes, no estaría de más apuntar miserias; gratuitos, indignos y ridículos finales de una multitud silenciosa. Quienes prolongan excesivamente el período de maduración y aprendizaje en el seno familiar o sólo se desplazan a uno u otro lugar de la pata de alguna de sus hermanas están abocadas a muertes trágicas, o impertinentes según se mire; son quiénes, al despistarse, se sumergen ilusas en un tarro de miel creyéndolo un lago al atardecer; ésas que penetran en fauces de plantas comemoscas, imaginando sinuosos paraísos de frondas frescas; o aquéllas que..., por tratarse de un suceso presenciado por una servidora, lo relataré a continuación:
Era una princesa de pelaje esmeralda y alas adamascadas. Como tantas otras beldades, raptada por una moscarda de las que regentan mansiones de techos ornamentados, paredes atauricadas, ventanas bigeminadas y cortinas de terciopelo granate... sujetas por cordeles oro viejo a ganchos de bronce toledano, a uno y otro lado de los jambajes. Su labor consistía sólo en revolotear cuando los rayos del amanecer hendían el viciado ambiente tras atravesar la vidriera rosiforme y multicolor, allá en la cúspide de la pared pentagonal dispuesta a naciente; momentos que la moscarda dedicaba en admirar a su flor de invernadero mientras ella saboreaba los restos de café que despreciara cada día uno de esos españoles hidalgos __enjutos, acartonados, con chanclas de brocado persa, pañuelo de seda italiana anudado al cuello y un albornoz de paño a cuadros verdes y negros__, entretanto hojeaba alguno de los libros apilados sobre la mesa.
La noche previa al día de autos la beldad y su protectora fueron varias veces incomodadas por los pasos cansinos del viejo hidalgo; en una ocasión hasta tuvieron que trasladarse de prisa y corriendo a otra cortina, por ser la primera zaleada con desesperación por éste, en uno de sus violentos ataques de tos. Pareciera que nunca fuese a despuntar el día; un manto gris moteado de rizos púrpura cubría el cielo desde la aurora. Tanto es así que quien suscribe __ aunque cauta y precisa como La perfecta casada de Fray Luis de León__ no tuvo en esta ocasión recato en confesar a una amiga, que a su vera se posara en ese instante: "¡Parece que sangrase el cielo; el nacimiento del sol, a veces, simula fielmente un parto...!" También los trinos de los pájaros, presos en jaulas de arquitectura renacentistas, tornábanse por momentos exasperantes. Pero, al fin, un destello ambarino se abrió paso hacia el centro de la estancia, donde el hidalgo dormitaba reclinado sobre el brazo de una butaca de piel agrietada. El polvo, posado sobre una gran mesa, a rebosar de papeles y cachivaches, resaltaba más aún por el sutil resplandor que, indirectamente, el rayo le procuraba. Al instante, tarareando La del manojo de rosas, entró una mujerona sudorosa y rolliza, ataviada de negros y blancos almidonados. A unos pasos del durmiente ahogó el tarareo y se detuvo con las manos entrelazadas sobre la medallita de plata y nácar que pendulaba bajo su prominente y agitada pechera. Y, al tiempo de reclinar la cabeza, preguntó entre resuellos: "¿Le sirvo ya el desayuno, señorito?" Éste asintió, tan sólo con un desdeñoso gesto y un ademán ejecutado con la mano que antes sostuviera sus sienes plateadas. Después entreabrió los párpados para mirar al infinito. Ocasión que, con sigilo y prontitud, siempre aprovechaba la sirvienta en despojar un tramo de mesa y salir de nuevo tarareando un trozo de zarzuela.
No sé si alguna vez intuyeron que tanto las arañas como las moscas estamos dotadas __la suya artesana y la nuestra más artística__ de una memoria nada desdeñable; es por ello que, sólo escuchar livianos acordes, podemos bailar el tiempo que nos plazca.
En la fatídica mañana la princesa, con la melodía vibrando en torno al verde y erizado pelaje... __no duden que en ciertas ocasiones también se nos espeluzne__, y harta de esperar a que su protectora le concediese el reglamentario permiso, una vez el pausado hidalgo sorbiera del café, se lanzó al haz ambarino con intención de ejecutar entretanto, al menos una pieza. Pero la moscarda, quizás por idéntica razón, tuvo a bien seguirla y, una vez junto a ella, ceñirla por el talle. Puedo jurar que nunca, hasta ese momento, disfruté del placer inmenso de ver bailar un aria de zarzuela a ritmo de vals... y ¡con qué destreza! Tanto es así __sospecho ahora__ que la estricta concentración y armonía en su impecable estilo fue la causante de que la pareja se confiase, más y más, por esquinas y recovecos antes inexpugnables.
Borrachas de música, de abrazos, de lujo, de algo más que no pude precisar desde la lejanía... desatendiendo distancias, trinos, los pasos de la sirvienta volviendo con la bandeja de plata enarbolada como si portase un ramo de margaritas..., no previeron la viscosa tela de araña, allá entre los artilugios de la lámpara de cristal de roca suspendida sobre la taza humeante de café aún sin probar. ¡También era de suponer debido a su profesionalidad y buen hacer artístico! Sin embargo yo, que al principio tan sólo sentí vértigo __frecuente entre adictos a la danza cuando advierten en los bailarines algún choque imprevisto__, al hacer conciencia sobre aquella extraña flor, cuya corola imitaba un tejido tan delicado y primoroso como las filigranas que la escarcha dibuja sobre ventanas... donde antaño se inspiraban las mujeres rusas para los primores de encaje, exclamé en silencio: ¡qué macabro final!
De súbito, los estambres de aquella exótica flor, constituidos por una gema de azabache y briznas membranosas en derredor, sufrieron una rápida metamorfosis: convirtiéronse en una araña negra y repugnante; la cuál, como funámbula enloquecida, comenzó a moverse endiabladamente a través de los finísimos hilos. Y sin que ojo de mosca siquiera fuese capaz de precisar, ésta alcanzó a sus víctimas y, en un santiamén, con habilidad y abundantes secreciones de su grueso abdomen, las redujo a una masa informe.
Mas, qué sorpresa, al percatarme de que tal manjar no fuera ingerido al instante, sino despreciado con remilgos; y qué desengaño al observar cómo retrocedía veloz hacia su escondrijo.
A punto de marchar estuve cuando, por una de las múltiples ventanas avizoras, noté que la masa de mosca, por su peso, o porque la araña al alejarse rompió uno de los hilos, se desprendía de la tela precipitándose al abismo de la taza, aún hasta el borde de café humeante. Entonces detuve el vuelo y, sin pensarlo, me conduje a ciertas aletadas del siniestro... Y, para observar con mayor precisión los sucesos por acontecer, me oculté tras una pequeña piña de cerámica que, a modo de asidero, coronaba la tapa de un azucarero. Desde el escondrijo pude detectar que aún no habían muerto mis congéneres, que, dando vueltas sobre el café, intentaban desprenderse unas ataduras elásticas... Cuando de repente, y puesto que nuestro radio de observación es casi infinito, advierto cómo se acerca, temblona, pero decidida, una mano con intención de aferrarse al asa de la taza. Quise gritar, advertirlas..., pero ocurrió lo irremediable; fueron absorbidas por la boca lívida y rugosa del hidalgo. Sentí entonces que mis miembros diminutos aún más se empequeñecían, que, pasmada, iba a ser víctima de otro imprevisto. Mas no sucedió así; sacando fuerzas de flaqueza conseguí dar un salto hasta el lugar menos arriesgado, aunque lo suficientemente próximo para no perder detalle.
Aún tuve que replegarme más tratando de esquivar una gota de café. Y también de adherirme con fuerza al barniz de la madera para no ser impulsada contra algún otro elemento; tanto que el hidalgo, una vez tragóse a mis hermanas y lanzara la taza contra la bandeja, sufriera de violentos y reiterativos abscesos de tos.
La Sirvienta, sin embargo, pareciese estar advertida; al instante acudía provista de un vaso repleto de líquido viscoso, denso, opalino...como diamantes derretidos. Y con decisión, soltura y el dominio de quien antes realizara tales menesteres como profesión, intentó darlo a beber al anciano. En cambio éste se resistía; por lo que ella tuvo que inutilizarle el cuello con su robusto brazo. Poco a poco, él se fue amoratando, aflojando..., y después tornándose tan blanco y trasparente como papel de fumar. La sirvienta, una vez deshecha la trampa que ahogara a la víctima, le zahirió en tono fatigoso: "¡Anda; pa que des otra nochecita como esta!". Dicho esto, se retiró llevándose el vaso. El hidalgo, vencido sobre la mesa, quedóse mirándome como esas estatuas de cera y ojos de cristal; circustancia que aproveché para hacer de las mías dentro de sus narices.
Al día siguiente, yendo a desayunar al departamento de oncología del hospital universitario, encontré a la mosca amiga mía...; a quién recité, en la mañana funesta, aquello tan bonito del amanecer. Ésta, que venía de intentar lo propio, me relató escuetamente que al señor del batín a cuadros verdes y negros lo acababan de cercenar y que en su interior habían hallado dos moscas abrazadas. Sólo con ánimo de prever si teníamos o no paso libre, pero siempre cauta, inquerí: "En tu opinión, ¿crees que tales pruebas son determinantes de la sentencia?". "¡Anda; por qué piensas tú si no que fuera a salir zumbando sin desayunar!" Contestó muy nerviosa y ya camino de la calle. "¡Qué extraño __reflexioné__; con lo intrépida que es...!" No obstante, me introduje de rondón en la estancia; quería ratificar por mí misma aquello que proclamaba mi amiga. Mas, nada más cruzar el umbral escuché una voz muy enérgica que llegaba del fondo en penumbra: "¡Atízales; no las dejes escapar!" A pesar de la amenaza alcancé el documento que el viejo hidalgo, desnudo, sostenía con el talón del pie... y donde un señor de blanco, sudoroso, obeso y ensangrentado, aún escribía: "...y, mis colegas y yo, damos fe de que una vez más fueron estas desaprensivas (por nombrarlas de algún modo) las autoras materiales e indiscutibles del atroz asesinato..."
Entonces, triste, compungida, como una vieja esquimal que hubiese perdido el último molar, me retiré a esperar... sobre una joroba cálida..., aquí, en este lugar remoto, extraño... donde aún el sol dispone de suficiente intensidad como para madurar membrillos y reventar granadas... ¡Nada se aproxima a este olor!

miércoles, 20 de mayo de 2009

MALA REPUTACIÓN

M A L A R E P U T A C I O N
de Antonio García Montes
Madrid, 2 de julio 1.991



Repiten las cotorras que quien tuvo retuvo, pero exageran. Si conservase parte del arrojo y alguno de mis fuertes colmillos ya me habría zampado, al menos, uno de aquel par de pavos que no hacen sino cebarse para, orlados por frutas adulzoradas, lucir tersos y rosados en la cena de Noche Buena; ignorando los simples, que ni siquiera protagonizarán la mesa de quien distribuye cada día su ración, sino el aperitivo frío de una anciana artrítica que desconocen.
Sobre una esportilla repleta de virutas manidas, a dos pasos del terco cocear de un burro __a la sazón sin cesar de espantarse hipoboscos__ y frente a un gallito famélico de nombre Remualdo y de canto tan afectado que recuerda la milonga, llevo varios días cavilando, cavilando...: por qué se presentan indelebles los más caprichosos recuerdos..., ¿se acercarán ya las remembranzas a las que animales y unos cuantos humanos nos sentimos abocados? Aunque, cuando la energía se debilita y la experiencia degenera en costumbre, ¿qué otra cosa mejor que soñar o filosofar ahora que la impronta y trascendencia de nuestros afanes conviene un pimiento?
Siempre juzgué impertinente, y una falta grave de decoro, la humana ligereza de exponer públicamente reflexiones sobre la vida... y más, relativas a la esencia del tiempo. Pero, ya que estoy sarnosa, qué más da..., por qué no ejercer por una vez de filósofa.
Cuando los humanos pasan media vida tan sólo transformando el lenguaje de las teorías de pensadores antiguos, aún siento pudor al declarar que una perra sin importancia descubriera este enigma, así sin ton ni son: Por qué cuando se es joven transcurren los segundos tan despacio y sin embargo ahora, cuando te gustaría prolongarlos __claro está, siempre que no fastidie la artritis__, apenas los ves cruzar ante tus hocicos. Lo descubrí espontáneamente un tarde cuando ladroteaba tras la reja de la perrera municipal, donde acudía a menudo a visitar a un novio galgo. Con la lengua afuera dije: "¡Menos mal que, según pasa el tiempo, se me hace el camino más corto y, por tanto, menos penoso¡" Él replicó entre lengüetadas: "¡Qué tendrá que ver!" Aunque la respuesta fue contundente, retuve la copla y, a unos pasos de allí, paré a reflexionar: ¡Si el trasiego acorta el espacio..., el devenir de los días acortará también el tiempo...¡ Y engordé como una doga preñada.
Desde la apatía __esa dulce pereza__, me pregunto, ¿dónde irían aquellos enfurruñamientos míos cuando la perra de mi madre se empeñaba en atarme corto? Recuerdo que uno de tantos lo libré el fatídico día de mi primer trimestrario, cuando impuse criterios propios frente al más elemental principio de vida canina: Acatar sumiso los mandatos del protector, por sofisticados que parezcan; siempre, por supuesto, que éste lleve marcado el estigma que lo emparente con el mundo perruno: las miradas aviesas, por ejemplo, que cruzan las canicheras con dueños de perros más grandes que el suyo. No obstante yo defendía que, para mantener la dignidad, es absolutamente preciso carecer de arraigos y, en un momento dado, ejercer el oficio más antiguo del mundo: de perro callejero... ¿por qué no? Y en su defecto, dejarse proteger por aquellos humanos menos proclives al mundo animal. Sostuve la teoría argumentando que si cualquier perro fuera acogido por perreros extremistas __canallas que, excusándose en la domesticación, echan mano al látigo para desfogar periódicos arrebatos de autoridad...__ como mucho acabaría perdiendo la dignidad sujeto, una tarde a la semana, en un ridículo asiento de peluquería canina. Mi madre __descendiente directa del setter que fuera testigo ocular la noche que a Ana Bolena se le tornó níveo el pelo__, que defendía principios rayanos con la ortodoxia cristiana, sacudió sus largas y lánguidas orejas y, dando un lametón al hocico de mi hermano Adolfo, se alejó jardín adelante sin palabra de aliento siquiera... ¡tiempo ha, venía temiéndome respuestas así de irracionales!
Aquel mismo día, al contemplarme por primera vez en la luna espejeada de un escaparate, no sólo descubrí mi fisonomía, sino la respuesta a tamañas hostilidades e injusticias; sorprendentemente __puesto que jamás nadie antes lo comentara__ era la copia exacta de mi madre, pero más alta, más bonita, mucho más atractiva... Tal variedad y conjunción de formas prestaban a mi físico ese toque distinguido y cosmopolita que tan irresistible me hace frente a ojos de razas puras. Henchida de vanidad y radiante de júbilo eché a correr hacia el primer parque que se hallara a tiro. Pero nada más torcer la esquina, donde me detuve para hacer pipí, cuál no serías mi sorpresa al darme de hocicos con el rincón mejor surtido de razas que imaginarse pueda... y, además __advertí__, ¡todos ellos sujetos por collares lujosísimos, y estos a su vez enrollados en manos distinguidísimas! Yo, entonces, no detecté el motivo que provocó la unánime crispacíon; sin embargo, mientras paseaba garbosa, sí notaba una singular hostilidad en la manera de ser conducidos, casi arrastrados por sus distinguidos dueños hacía el abismo... Pero, como dije, me sentía pletórica, y tan llena de vida, que apenas me di por aludida, sólo sentí cierta irascibilidad contenida al ver que un mastín negro azabache pretendía expresar algo y no pudo porque el collar de soga de plata ceñido al cuello se lo impedía. Entonces, en un trozo de césped frondoso y fresquito, estuve revolcándome como una gata loca, sin tener en cuenta que ciertas posturas en público podrían ser indecorosas.
Comentan precisamente los gatos, orgullosos en su altivez de espeluzno, que la raza canina carece de sensibilidad suficiente para admirar una pictórica puesta de sol, y que sólo poseemos algo de instinto para gozar frente al calorcito de la chimenea y junto a las zapatilla de felpa de nuestro verdugo. Quizá los ampare la razón; no me atrevería a poner mi zarpa al fuego por nadie. Mas puedo aseverar que esa tarde __tal vez trastornada por aromas nuevos, por colores distintos, arquitecturas extrañas y topografías fuera de toda lógica... ¡no digo lo contrario!__ me subyugó un espectáculo nuevo para mí: tras una columnata en semicírculo y sobre las llameantes y trémulas copas de los chopos había suspendida una naranja brillante; sin ponderar, mucho más grande que una sandía Italiana... Desde ahora me atrevería a afirmar que fue uno de los momentos donde alcancé cotas más altas de felicidad.
Creo recordar que el chirrido en oleadas de esos bichejos paticortos que pueblan el oeste, cuando se ha dormido el sol, fue quien me condujo de nuevo a la vida. Al mirar en derredor descubrí también que el bullicioso y escalonado parque estaba desierto, adormecido... no obstante, algunos pinos se cimbreaban al ritmo del aire mientras los magnolios, más tímidos, meneaban sus cabezas floreadas. Quise bailar, abrazarme de puntillas a cualquier chucho aunque fuese mi madre, pero una comezón, que iba desplazando al vértigo, me retuvo; advirtióme que padecía hambre canina y que, tarde o temprano, necesitaba cazar algo para la cena. Mas, ¿cómo, si dos horas atrás era mi madre la encargada de nuestro sustento...?
Mi orgullo rechazó ciertas reflexiones y me empujó a husmear detrás de cada árbol, seto, banco, o fuentecilla; pero ni tan sólo hallé ese aséptico hueso de plástico que algunas mamás __humanas__ compran a sus bebés para que puedan compartirlo con sus guaguas. Cansada me arrellané junto a un laurel; tal vez con la ilusa idea de adormilarme creyendo estar ante una lata de escabeche. En cambio sufrí una extraña sensación, hasta entonces desconocida: mi cuerpo inerte fue incapaz de huir, ni siquiera de cerrar los sentidos ante los terribles acontecimientos que presentía.
Las hojas comenzaron a estremecerse y un manojo de hierbajos, que brotaba del suelo como disciplinas del puño de un sádico, me azotó el lomo. También se oía el crepitar ascendente de las hojas secas bajo las pisadas de una fiera gigante. Estaba perdida; las amenazas, relatadas por mi madre en los cuentos, se iban a cumplir; la fiera endiablada que escapa de la jaula del zoo siempre que una perrita es mala y desobediente, se acercaba sigilosa, sedienta de sangre. De súbito noté cómo su sombra, igual que gigantescas alas de murciélago o capa de vampiro extendida, arropaba el seto más próximo y se deslizaba hacia donde castañeteaban mis incisivos.
Con la sangre espesa, helada..., como granizado de cereza, y a la espera inminente de ser destrozada, noté un aliento cálido y acompasado en el cogote. Cerré los ojos. Pero algo en mi interior procuró que los abriese al instante. Frente a mí se hallaban, suspendidos en la noche, los ojos más refulgentes y azules que el destino haya colocado jamás frente a un ser perruno.
Nadie que haya sido presa del pánico, nunca podrá criticar que en ese instante echara por viva toda compostura, rodando ladera abajo... donde horas antes, tan romántica, contemplara la sublime despedida del sol. Y que, sin oponer resistencia __quizá vislumbrara unos destellos en torno a su cuello__, me dejase someter por el agresor. ¿Los humanos no le llaman a esto síndrome de Estocolmo? Después di gracias a mi suerte cuando ladera abajo sentía que quien me mordisqueaba no era otro que el bello animal del collar de plata que, locamente enamorado de mí, había despreciado al amo para seguirme. Tampoco fui capaz, en mi dilatado gozo, de distinguir cuál de tantos era el canto de la alondra que alerta a los amantes de peligros matutinos... Ni que el dueño y verdugo de mi novio, verga en mano, se precipitaba, ladera abajo, para desprender a éste de mis garras y darme después una soberana paliza.

Según me contó mi hermano Pinky, un día que coincidimos en el parque __sujeto él también


por un precioso collar plateado__, nuestra madre siempre tuvo la certeza de que fueron los

sucesos de aquella noche los causantes de mi perdición. Sin embargo yo sostengo que el perro

que es huevero, aunque le corten el rabo siempre seguirá siéndolo.

lunes, 4 de mayo de 2009

ZOÓTROPO


Z O ó T R O P O

de Antonio garcía Montes

Madrid, 12 de Julio 1.989

A mi amiga Begoña Quintana; una de mis pacientes lectoras.

Cuando rayaba el día y Laura, como cada amanecer, recorría el sendero que circunda la finca, ya se auguraba un clima bochornoso, denso y turbio. El cielo, a esta hora azul centelleante, lucía hoy a brochazos rosáceos. También las perras, dos lebreles apodados Charo y Susana, debían presentir algo, pues en todo el paseo no se escuchó el metal de sus ladridos: por separado e ignorándose mutuamente, inspeccionaban en extremo cada piedra, cada tallo, cada brizna... y cuando algún cigarrón galanteaba a un palmo de sus narices y después brincaba airosamente, tras arrobarse un instante por la caricia de alguno de los ocicos, entonces ellas alzaban la cabeza, arrogantes, y proseguían la marcha de regreso a casa.

En el rellano, junto al umbral de la puerta de madera labrada y sobre el empedrado de guijarros ornamentado con arabescos de chinas variopintas, una paloma agonizaba tras estrellarse deslumbrada en un cristal de la vidriera en arco que sostenía la puerta: una Anunciación en rubí y esmeralda. Las perras, repentinamente festivas, corrieron a cazarla, pero Laura, siempre atenta, se lanzó al desquite mientras les gritaba insultos cariñosos. Muy compungida levantó en vilo a la paloma para reconocerla y aliviarla con hálitos templados; pero, al darle la vuelta y descubrir que el sangrante cuello ya no sostenía la cabeza, cerró lo ojos con rabia y la desentrañó contra el suelo. Antes de presenciar cómo los perros cercenaban al pájaro contempló por un instante __quizá para que el reverbero del amanecer al fondo le iluminase las irreprimibles lágrimas__ la rosaleda que festoneaba el jardín, luego se precipitó adentro.... Aunque volvió al segundo; parecía faltarle el aire. Y, es más, sobre el empedrado recordaba a una demente. Anduvo saltando inquieta, entre las plumas, como una niña a rayuela: ...a la pata coja, de aquí a allá, de esta a aquella piedra, hasta introducirse en la tierra removida. Una vez allí, sin dejar de escudriñar el pulgón de los rosales, aun hurgaba las superficies rizadas de los setos con las yemas de los dedos, igual que una ciega.

Milagrosamente en casa, entre el trinar de las decenas de canarios que revoloteaban por el inmenso salón __repleto de recuerdos de viajes a países exóticos que, en un pasado no muy lejano, disfrutó con su padre, ya viudo, en el período anterior a caer éste en la redes de una enfermedad incurable__ pudo expeler con deleite el alubión de quejidos que el dramático suceso había retenido en su garganta. Después, tras repetidos intentos de poner en marcha a un corazón calado, tuvo una crisis de sollozos tal, que al borde estuvo de padecer uno de sus ataques, pero la terapéutica manera de estrujarse el pecho con un pañolito de encaje fue una vez más mano santa.

Anduvo por el salón igual que un fantasma perdido observando, como una extraña, la superficie en forma decagonal de la planta baja, amplia y diáfana, aunque manchada en el centro por el estilizado esqueleto de una escalera de caracol; también sus paredes amostazadas repletas de obsesiones; las ocho ventanas de dos cuerpos, una en cada lado, menos en el norte y sur donde se hallaban un gigantesco cuadro y la puerta de entrada, respectivamente; su suelo de tarima a nudos de distintas tonalidades, que tanto recuerda a la cola del pavo real extendida... Ahora le sorprendían tantas mesitas, sillones, jaulas y tanto ramo de flores secas. Como hipnotizada se detuvo ante el nombrado cuadro que había sobre la consola modernista ___repleta de portarretratos de plata con las ramitas del árbol genealógico dentro__ y que representaba el busto al óleo de un joven de exquisitas manos, portadoras de un pincel con el cual pretendía autorretratarse mientras escrutaba, con ojos de halcón romántico, el espejo ovalado que se hallaba a su derecha. La morenez de este caballerito, pulcramente peinada hacia atrás, subrayaba esa gallardía que solamente se obtiene cuando rasgos generosos son armonizados con el equilibrio preciso. No obstante este rostro limpio tenía velada una mueca, quizá algo pretenciosa, pero que sugería la esencia misma de lo varonil; por supuesto, sin despreciar, al menos en la línea de los labios, esa feminidad que caracteriza a los personajes legendarios. También los estudiados tonos cálidos, utilizados en su día por el artista, y el marco, también modernista, le daban al retrato el toque de calidad que ostentan las obras clásicas.

Aquí, eclipsada frente al cuadro del padre, podía pasar las horas muertas repitiendo una y otra vez su nombre: ¡Andrés Carpio Saavedra! ¡Andrés Carpio Saavedra...! Siempre a la manera de los coros griegos, monocorde... o más bien con soniquete de plegaria. Algunos días, en este reiterado ceremonial, se desplomaba sobre el sillón de orejas estratégicamente colocado frente a la imagen del padre. Sujeta fuertemente la espalda contra el respaldo, a la vez que cerraba paulatinamente los ojos, comenzaba a murmurar hasta que al fin gritaba desvaríos ya encenagada en lágrimas. Luego, extenuada, desbrozaba recuerdos remotos, cada vez más insulsos, más irreales... entonces, el trinar de pájaros, el maullido del siamés desde la parte alta de la casa y el ladrido de la perra más altiva, pues la otra rezongaba postrada tras la puerta, llegaba a ser para ella tan adormedecedor como canto de ángeles para el sueño de los justos. Pero hoy no podía amodorrarse, su voz enronquecida por el llanto surgía rebelde entre la barahúnda como el saxofón de una orquestina en el viciado salón de un bar. Con estudiado aplomo, y tras varios carraspeos para aclararse la voz, se aventuró a relatar despojos del último sueño; desprenderse así las garras, firmemente asidas al corazón, mientras el padre la exculpaba:

"Creo que todo comenzó con una panorámica, a vista de pájaro, de un caserón destartalado que pretendía ser mansión campestre de unos nobles italianos. En la fachada principal se alzaban, para entorpecer más aún el único acceso al interior, unas estrechas escaleras __el pretil estaba confeccionado a base de juncos y flores amarillas de múltiples tonalidades y familias__ que se juntaban a modo de balconada en el rellano de entrada. No recuerdo si, en el lateral donde calentaba el sol, la hiedra curtía la pared entera... o tan sólo un triángulo, dejando así al descubierto un balcón con tornavoz, que recordaba a los púlpitos de las grandes catedrales y donde aparecía de cuando en cuando un personaje de rasgos parecidos a los tuyos... ¡papá! __Tras esta llamada su gesto arrogante se desvaneció y sus ojos quedaron por un instante fijos en una ventana, luego erraron de nuevo tras el galanteo de una pareja de canarios__ ...con una fusta sujeta en los extremos por los índices de cada mano, como si esperases la bajada inminente de un papagallo amaestrado que se hubiese escapado a la copa más alta del chopo milenario, allí frente a tí. En el interior no cesaba el fluir continuo, por múltiples pasillos imbricados en empinadas escaleras, de una masa uniforme de gente; parecían zánganos sin quehacer alguno, pero a quienes aún no les amputaron la glándula que les provocaba la avidez de trabajo. Vestían uniforme alemán completo, portaban fusta que manejaban gratuitamente y con resuelto dominio, y todos impartían órdenes fuesen de la graduación que fuese; aunque sólo los altos cargos, luciendo su perenne sonrisa, dictaban sosfisticadas estrategias contra el supuesto enemigo. También parecía existir cierta confusión de lenguas, y no menos de razas. Dentro de este maremágnum se encontraba la mujer que conocí la otra noche en un bar, rondando de aquí para allá sin aparente destino, como exenta de cualquier menester. ¡Fíjate qué capricho! sólo los rasgos de ella correspondían a la realidad, no mostraban las clásicas distorsiones del sueño; mantenía su cara afilada, nariz aguileña y boca dura. Por separado, y al margen de ella, estaba yo, la única mensajera, una especie de tábano que zumbaba alrededor de cada miembro, desnortada... aunque para ellos desapercibida: podría estar compuesta por esas partículas que conforman el ambiente y que sólo son detectadas cuando las atraviesa un rayo de sol. Sin saber cómo, intuí que la discusión repentina que mantenía la mujer era contigo. Y que tú, de antemano condescendiente, asumías órdenes con una inmutable mueca de espía profesional, tras la que ocultabas algo tremendamente dañino. Al instante se armó un gran revuelo de gritos y aspavientos en torno a vosotros dos, que parecía provocado por una fuerza invisible; aunque yo albergaba la convicción irrevocable, quizá desde momentos antes, de que todo era una escaramuza para huir solos tú y ella. Poseída por un arrebato __algo parecido a un anzuelo gigante, enganchado a mi estómago y que poderosamente tiraba de mí__ emprendí la persecución. Al salir tras vosotros vi en el cielo, a la distancia a que los helicópteros se detienen antes de aterrizar, una atmófera verdosa e ingrávida donde dificultosamente nadaban varios racimos de soldados, aferrados unos a otros por las muñecas para que el propio contacto les mantuviese en vilo... con la magia y desmesura de aquellos números musicales del cine de los cuarenta. Estos volátiles imploraban, vociferando con ahínco, la orden para soltarse y caer como rapaces a devorar a la otra masa espectante, de la que formábamos parte todos los demás. Mientras tanto, y al parecer sin que nadie lo advirtiese, me había crecido un ala en el ojo izquierdo con la musculatura tan desarrollada que recordaba a las de enormes aves selváticas... o también a una gigantesca planta, de la familia de las liliáceas, donde el bulbo fuese el ojo y las raicillas el nervio óptico. Este apéndice campeaba al margen por completo de los mandatos que mi cerebro imponía a los demás miembros; de tal manera se autoelegía independiente que yo apreciaba en su raíz hasta el más leve movimiento: el batir de alas lo ejecutaba de forma tan desenfrenada, que temía alzase sola el vuelo arrastrando consigo parte de mi cerebro... como cuando desprendes la pata del centollo y con ella levantas un cacho de cuerpo. Miles de imágenes afloraban a mi mente, sin esfuerzo, pero siempre con la angustia intrínseca de la inevitable pérdida de la mujer; de su irrevocable partida con algún elemento del batallón, aunque no fueses tú. En estas cavilaciones me hallaba cuando el ala, autónoma, al fin levantó el vuelo dejándome el cráneo completamente hueco. Desperté estrechándome a mí misma y con sabor a hiel en la boca; entonces fui a la cocina y me serví un melabón con un gran vaso de leche".

Acabó debilitada, sin brillo en los ojos, sólo un hilo de energía parecía hostigarle la línea de los labios porque, intermitentemente, se hinchaban y se sumían para besar. De repente, como por un presentimiento, cambió el gesto y, como por un resorte, se puso de pie y miró al exterior. Los animales, inquietos, comenzaron a graznar y a revolotear junto a ella hasta que el timbre cantarino del cartero, cada vez más cerca, descolló de entre todos los componentes de la orquestina haciéndoles callar; sólo el ladrido más atiplado de la perra más femenina le dio la correspondiente réplica y bienvenida.

Laura, oculta tras los tallos frondosos de un tronco de Brasil, esperó mientras observaba, ventana a ventana hasta recorrer las ocho, cómo el cuerpo uniformado del funcionario, que sobresalía por encima de las rosas amarillas de arriate, era arrastrado como un cometa hasta el cajetín del correo. Luego, una vez que éste reemprendió la huida, de nuevo repeinando con el borde de la chaqueta la cenefa de flores, se precipitó hacia el buzón, sin antes impedir, con voz de mando, la espantada de los pajarillos. Allí, frente al monolito, donde resaltaba un cartel azul rotulado de amarillo, y tras rasgar la buena nueva, dijo adiós con el sobre blanco, sin tener en cuenta que un rayo había alcanzado al cartero y que ahora ardía, a lo lejos, como una lamparilla de las que se ofrecen para expiar culpas. Sufría desconcierto, aturdimiento y miedo a la vez. Al fin desdobló la carta, con temblor y un ligero sudor frío en las manos, y la leyó al compás de las primera gotas que, como repique de tambor, caían sobre las letras:

"¿Qué embrujo pudo infiltrarse en mis entrañas la otra noche para advertir __entre tantos despojos, macerando__ los pétalos de una flor de cactus rociada de néctar de infancia: ese higo temprano que el gorrión, con su afilado pico, revienta para saborear el dulzor de la pulpa del color de la balaústra? Y después, infectada de adición y repleta de alcohol, seguir planeando sobre el laberinto que se arracima en torno a manjares prohibidos. Una vez localizado el filón en un quicio derruido, adivinar, entre el cruzado de sombras, reflejos, vahos y humo __como si, a duras penas, unos rayos de sol hubiesen franqueado las mazmorras umbrías del último anillo infernal__ si lo deseado es ley... si tus propósitos encajan con mis anhelos. Pero, aunque fuera satisfactorio, cómo apreciarlo bajo las manchas flotantes, fruto de la escasa iluminación. Por eso pedí otro combinado, para vencer las mil trabas y colocarme, recuperada, en el puesto más estratégico; como el cazador de perdices en la guarida que construye con hinojo, tomillo, troncos de laurel y el jirel por encima. Y como él implorar, agazapada, para que se brinde la máxima oportunidad y poder así arremeter primero contra la maleza y después, con elegante porte, azorar a la víctima hasta que atolondrada se rinda. ¡Qué embeleso padecería el cazador si, bajo el perfume que desprende el herbolario, que compone la choza, contemplara además la agonía del pájaro, en un atardecer pacífico... cuando sólo perduran míseros destellos una vez acostado el sol! Admirar el vuelo del animal, ya alcanzado por la bala, hasta que arremeta ciego contra el polvo dorado ...Entonces, soñar que sus dedos prensiles, aún tibios, se retuercen con el pataleo y que de su lengua brotan soplos lívidos: lenguas azuladas de brasas moribundas que como pecios flotan sobre la melancolía del cansancio. Y, al fin, en el umbral del sueño, a punto del éxtasis..., ¿por qué no amañar el reparto de personajes para saborear ahora el papel de víctima? ...y disfrutar en carne cómo las garras afiladas del pájaro van desgarrando tu ropa, tu piel...; ir intuyendo cuándo traspasarán la bóveda craneal y reventarán las meninges... y cuándo tu vida, una vez rota y desperdiciada, dará con el jibión que él escoja para limarse el pico".

Muy lentamente, gozando de la lluvia ahora a raudales, y con la carta empapada aún entre las manos, Laura se dirigió hacia la puerta. En el umbral se percató de cómo el papel, sin remedio, se desprendía de sus dedos para caer sobre los guijarros igual que una paloma alcanzada por impacto de bala. Impávida, también ajena a cómo las perras desgarraban al animal con el refinamiento aristócrata que les da su pedigrí, se detuvo para, y antes de encerrarse en casa, contemplar un atardecer prematuro y gris marengo... o un amanecer tardío: a lo lejos comenzaban a resaltar, entre la bruma, ciertas pinceladas de luz, ciertos trazos de rascacielos... De súbito, sobre la ciudad allá en la lontananza, nació un parhelio que vino a resplandecer su cara de mármol y que provocó una chispa en el iris azul de sus desmesurados ojos... y que aún salpicó un destello en su cabello de oro cortado a cepillo, y en sus labios duros y rojizos como el coral...

miércoles, 29 de abril de 2009

TALISMAN

T A L I S M A N

de ANTONIO GARCIA MONTES

28 de mayo de 1.991

"Podrías dejar de leer un instante y mirarme el careto... ¡no estoy tan mal: las pibas comentan que tengo unos ojos muy chispeantes!" Para disimular su interés por la altivez morena de un muchacho tan joven y el indiscreto temblor en sus rodillas, posó el libro que estaba leyendo junto al bies de su falda verde procurando cubrir el trozo de muslo expuesto al sol, se colocó con el índice tieso las gafas de última moda y compuso un gesto distante. Aún pudo ocultar, mientras se recostaba lentamente sobre el respaldo del banco de madera, un suspiro repentino: batió la mano..., como si saludase al remero de la piragua vieja, larga y añil, que en ese instante seccionaba de parte a parte la superficie asalmonada del lago. Sin embargo, no pudo atajar la intermitencia de unas bocanadas tibias que le azotaban la franja de cuello desprotegida entre la blusa de seda blanca y la melena caoba. ¿Qué hacer... __se preguntó, cerrando los ojos__ fijarme en la estela que dibuja la barca; ponerme de pie y después zambullirme en ese espejo que se torna rojo...? Descabellado. Pero, ¿y si con ello despierto en él la verdad que todo ser humano lleva escondida? Entonces escuchó el chip de un mechero... luego una exhalación espesa y poderosa... Y al instante notó en sus labios un calor áspero y amargo:

__Me parece que estás precipitando acontecimientos.

__Para nada. Lo que me sobra, tía, es intuición: Siempre que abordo a una piba detecto sus ansias al momento... ¿a que te he ofrecido lo que querías?

__Sí; pero, cómo descubriste que era precisamente un cigarro...

__Instinto; puro instinto.

--¡Anda, no digas tonterías..., Fantasma!

__¡Tampoco te pases, Chorba...! Soy pacífico, muy pacífico..., pero, si me hinchan los güevos, llego a ser un nene muy malo.

__Con esa cara, ¡vamos, anda! Nadie que sonríe así consigue desprenderse... Y tampoco te excedas, ¡que puedo ser tu madre!

Ella, mientras hablaban, se iba prendando de la boca del intruso... que, en contraste con los rasgos bruscos, se perfilaba fresca e infantil; veía cómo su labio de arriba respingaba, al compás de una respiración acelerada, fogosa... __quizá fuese aquel ritmo lo que procuraba a su perfume una intensidad tan cálida y ácida; y a su flequillo lacio (cubriéndole media frente) ese ligero temblor__ y cómo quedaban al descubierto las paletas grandes y perfectas. Sin embargo el labio de abajo se mantuvo rígido, crispado; tal vez sosteniendo el ímpetu de su lengua juguetona.

__Sonrío así porque de esta manera luzco mejor..., ¡le gusto más a las Tías! Siempre me lo han dicho. Sin ir más lejos, anoche, cuando mis colegas y yo regresábamos del gimnasio, la puta (que siempre nos incordia escondida tras la esquina de un callejón oscuro) me soltó: ¡Cuánto daría yo por comerme la sonrisa que tanto encanto presta a esos labios traicioneros!

__Hombre, ¡qué éxito!

__¡Y eso no son más que bagatelas, comparado con lo que me sueltan las pibas en los conciertos de rock...! Ya te he dicho que con este morrito logro lo que no está en los escritos. Y con este chisme lo demás.

Lentamente, con delicadeza, casi con mimo, fue él desenfundando la pistola; empuñándola con fuerza de la culata de madera lustrosa y desgastada; después la dejó caer sobre la palma de su mano izquierda __sopesándola__, mientras con la derecha hurgaba mesurosamente el gatillo como si le hiciese cosquillas a un cachorrillo en la tripa.

__¡No exageres...! ¡Seguro que no está cargada!

__¡Compruébalo tú!

Bruscamente se la ofreció sujeta por el cañón. Pero al ver cómo ella se retraía asustada contra la esquina del banco, lanzó al aire el arma, a la vez que se erguía para cazarla de nuevo al vuelo:

__Con estas cinco balas que quedan en la recámara soy capaz de dejar seco al primero que se ponga tonto.

__¿Tan buena puntería calzas?

__Sin tirarme el moco, te diré: que, en el examen de ingreso para Agente de Seguridad, he quedado el número wane.

__¡A que no eres capaz de atinar al poste aquel; en la otra orilla del lago?

__Qué pasa, ¿me tomas por un imberbe? Estoy dispuesto a tumbar a cualquiera que se propase; aunque corra más que una liebre.

__Bueno, ¡eso habría que verlo!

__¡Tía, no me provoques! ...Esto no es de plástico.

De nuevo le tendió el arma. Pero esta vez ella alargo la mano insegura, con el cigarro aún entre los dedos, hasta tocar el extremo del cañón.

__¡Qué fría está!

__¿Quieres comprobar cómo la caliento?

Con el arma fuertemente empuñada por ambas manos, los brazos rígidos __a la altura de sus ojos dementes, inquietos, enrojecidos, centelleantes...__ y las piernas a horcajadas sobre el banco, el intruso se puso a impulsar a un lado y otro "a caballito" el respaldo , ayudándose sólo con las piernas tensas, tersas... como en un espasmo nervioso; sin percatarse siquiera de que ella se había tapado los oídos y lanzaba alaridos, fuera de sí.

De repente se oyó un disparo seco. Y, mientras el eco se expandía sobre el lago y a través de los árboles, vapuleando las bandadas de pájaros que encontraba al paso, los dos quedaron quietos, sin siquiera respirar, fijos uno en el otro. Así pudo comprobar ella cómo al fruncir él el entrecejo hirsuto aun se le ocluía el agujero entre los labios. Él despreció su mirada ansiosa y dirigió la suya a poniente. Allí la piragua, que momentos antes cruzaba el lago, había dejado de batir sus remos y se detenía en el centro con el piragüista tronchado a babor. Entonces miró al regazo donde aún la mujer retenía el libro.

__¡Seguro que no ha muerto...¡ __aseveró al intruso mirando el cañón que aún humeaba en sus manos.

__Sí, ha muerto... Sí, ha muerto...

__¡Cállate imbécil...!

Volvieron a sonar cuatro disparos. Los ecos se persiguieron entre los árboles para recostarse después en la superficie plateada sin turbar el sueño del piragüista. Luego, una bandada de golondrinas se formó en herradura dirigiéndose hacia donde acababa de ponerse el sol. Por un instante pareciese que se había parado el tiempo, el ruido propio de la vida... incluso se eclipsó lo que se podría vislumbrar desde el punto adonde se encontraba la pareja.